A pesar de las expectativas de las damas de la Corte, no echó ninguna lágrima delante de la alta sociedad. Ni siquiera cuando se enteró de la noticia. Al contrario. Permaneció seria la mayor parte del tiempo, con la mirada perdida.
Su tío no había sido el ser más querido del reino, ni siquiera de los más apreciados. Todos sufrían su puño de hierro, el mismo que su padre: un ducado basado en lo militar y conquista. Pocos niños se libraban de no ser educados en el arte de la guerra al cumplir seis años, muchas hembras debían aprender a defenderse de cualquier ataque sorpresa, las mujeres araban la tierra, mientras los hombres entrenaban a todas horas; incluso la hija del duque fue educada en la esgrima, defensa personal, matemáticas e idiomas. Todo esto porque su padre murió antes de ella nacer, y su tío tomó el cargo de educador hasta que ella cumpliera la mayoría de edad, y el Consejo le diera el visto bueno a toda sugerencia, como echar a su madre del castillo en que vivían... Con el fallecimiento de su pariente más cercano, cerca de su cumpleaños y su madre desaparecida desde hacía tiempo, los ancianos decidieron confiarle el territorio, al mismo tiempo del funeral.
Eso explicaba por qué no lloraba la muerte de su tío. El cargo era en sí un impedimento de vivir nuevas aventuras, o incluso de desaparecer sin ninguna obligación. Ahora debía cuidar de miles de vidas, renunciar a la suya propia, por la de gente que ni ella conocía. Era egoísta, pero si no miraba por sí misma, nadie más lo haría.
Esperó sentada en una silla, llena de capas de tela negra, y una mantilla echada hacia atrás que debiera tapar su rostro. Los nobles conversaban en rumores acerca del día tan aburrido que deberían pasar: muestras de cortesía, ayuda innecesaria, comida en abundancia, nuevas vistas, reuniones sociales… Y ella debía contentar a esos aprovisionamientos de armas y soldados.
Sus consejeros esperaban a cada lado de ella, protegiéndola y esperando cualquier orden. Sus damas de compañía entraron con premura, acercándose a Katherine. Fueron seguidas de dos soldados armados. Era la hora.
Sin ayuda de los hombres, levantó su cuerpo del asiento, haciendo un esfuerzo por mantener la compostura ante tantos ojos observándola curiosos. Recogió con lentitud su traje, y comenzó a caminar por la gran sala. Detrás de ella escuchaba los movimientos de sus guardianes, siempre velando por su seguridad. Salió por la puerta, la cabeza alta, como le había enseñado su madre. Terminando de bajar los escalones, esperó para respirar hondo. Todo el pueblo la vería en ese momento.
- ¿Está lista, excelencia?- susurró uno de los guardaespaldas por detrás de su cuello. El otro guardia aguardaba serio en la puerta, dispuesto a abrirla llegado el momento.
- Sí, abran la puerta- respondió serena. Recogió el mantillo de su cabeza, y lo colocó encima de su rostro.
El sol entró a raudales por el oscuro pasillo, haciendo entrecerrar sus ojos. Bajaba los escalones de la salida, caminaba por el suelo de tierra-lugar del entrenamiento de combate- con la comitiva a sus espaldas. Siguió el camino hacia la colina donde se asentaba la pequeña capilla cristiana. Uno de los lores se adelantó para ofrecerle su mano, la cual ella rechazó con un ademán tosco. No necesitaba la ayuda de nadie para subir la colina. Y lo demostró ascendiéndola con carácter, fuerza y tranquilidad. Esperaba al resto de agotadas damas, mientras el cura salía de la Iglesia para darle los buenos días.
- Espero haya descansado bien, excelencia.
- Lo suficiente, padre. Sólo espero que esto acabe pronto- contempló el lugar donde descansaba el ataúd de su tío. Sus labios se crisparon en una mueca burlona: estaba donde se merecía.
- Los caminos del Señor son un misterio, nunca sabremos por dónde nos lleva.
Ella prefirió callar su opinión de un Señor que le quitaba libertad.
Esperó a que todos la Corte invitada entrara a la Capilla y tomara asiento, para imitar el movimiento. Sin embargo, al no ver con claridad el camino que pisaba, su pie resbaló sobre el bordillo de la puerta, haciendo que traspusiera y casi cayera al suelo. Los soldados rápidamente se apostaron a su alrededor, intentando levantarla. Los demás la miraban, ansiosos por ver su dolor. Sin embargo, una vez más, Katherine no cumplía las normas. Pidió que la dejaran a ella sola, y se levantó apoyada en el banco más cercano. Volvió a erguir su cabeza, y caminó hacia el interior. Una vez sentada, hizo oídos sordos a la misa. Prefirió imaginar cómo sería su vida de ahora en adelante.
¿Qué haría al ser la dueña? ¿No debería cambiar la política que se había llevado a cabo? Era su nueva tarea, y debía cumplir con lo que nació. Un destino del que no podría escapar. Quizás podría recortar las horas de entrenamiento de las tropas, y acortar la jornada laboral de la mujer. Quizás podría mejorar la calidad de vida de los habitantes, y moderar el consumo de alimentos en cada condado. Podría incluso mejorar la vestimenta de cada uno de ellos: los trajes que pasen de moda entre las nobles de menor rango, podrían ser llevadas a unas tiendas especiales de ropa, y allí podrían adquirirlas las mujeres que no poseyeran la misma capacidad económica. También podía atraer la clientela de los condados próximos, y así montar un mercado en St. James: crearía posadas donde la gente pudiera hospedarse días si quisiera, posadas administradas por las mujeres, y en buenas condiciones; empezaría a crear un lugar óptimo para el mercado, quizás cerca del castillo, para luego favorecer económicamente a los que no tuvieran tanta suerte de vender. Se crearía un almacén común para todos, y se guardarían los recursos que se fueran recolectando. Varios soldados serían los encargados de proteger y mantener en buenas condiciones los alimentos. El ducado contribuiría encargándose de dar formación y mejorar en las herramientas a la población. Se organizarían fiestas, y se darían días de descanso. También podía, de entre las familias numerosas con más de seis hijos, que uno de ellos fuera educado en el arte militar, y a otro en el ámbito de la educación… Pudo ver en ese momento tantas soluciones al daño de su tío, que no creía poder llevarlas a cabo. Le haría falta tiempo… Y mentes abiertas.
Terminado el sermón, descendió nuevamente de la colina, llegando a la plaza de la fortaleza. Contempló el sitio que sería el mercado. Cada vez le gustaba más la idea.
De improviso, varios extranjeros a caballo se adentraron en el lugar, llamando la atención de todos los presentes a la ceremonia. ¡Qué demonios era esa intromisión! Su indignación ascendió como la espuma cuando uno de ellos osó dirigirse a su persona como si fueran conocidos de toda la vida.
- Supongo que eres Katherine Newhile- confesó el que parecía estar al mando de la comitiva.
- Para usted, soy la duquesa St. James, señor. ¿Me hace el placer de conocer su nombre?
- No, para su desilusión. Necesito hablar con usted en privado, en este momento- decía con total confianza el hombre.
Su vestimenta era del todo inapropiada para la ocasión. Nunca había visto nada igual… Llevaba una falda de varios colores hasta las rodillas, sus piernas estaban peludas, pero musculosas. Su rostro era de facciones marcadas, ojos penetrantes, y pelo rubio. Parecía un bárbaro, pero al mismo tiempo un ángel. Mantuvo su posición.
- No puedo en este momento. Estoy ocupada, como puede ver.
Los demás lores empezaron a arremolinarse a su alrededor, comprobando interesados, la llegada de un escocés. En ese momento, descendió del caballo, acercándose hacia ella de forma amenazante. Los guardias de Katherine le impidieron avanzar más, pusieron sus espadas en posición de lucha, esperando cualquier movimiento del enemigo. Ella permanecía en el medio, contemplando el cambio de la situación.
- Debo hablar con usted, acerca de su madre, señorita terca.
- ¡Esto es inaudito! ¿No acaba de decirle que soy la duquesa de este territorio?- perdió los nervios sin darse cuenta.
- Ya veo lo mucho que se le ha subido el cargo a la cabeza. Mi pregunta es si estará hueca, al fin y al cabo.
- Ojo con lo que dice, forastero, puede ser colgado por no mantener la lengua amarrada- replicó furioso un protector.
- ¿De qué quiere hablar?- preguntó curiosa, y quizás algo más relajada, Katherine.
- De alguien que usted conoce muy bien: su madre.
El pecho de Katherine comenzó a subir y bajar de manera rápida, sin poder controlarse. ¿Su madre seguía viva? ¿Sabía todo este tiempo de ella y no había hecho nada por comunicárselo? ¿Dónde estaría ahora? ¿Estaría en Escocia y mandaría a este hombre?
- Demos un paseo, señor- antes de que sus soldados dijeran nada, empezó a caminar en dirección al lago, con el forastero. Cuando comprobó que nadie podría escucharles, empezó a hablar-. ¿Qué le ha pasado a mi madre? ¿Por qué no me ha venido a visitar si está viva?
- Sólo se me ha permitido comunicarle un mensaje, el cual he traído conmigo- le entregó una hoja doblada. Katherine leyó con ávidez.
Querida hija:
Sé que no he sido la más adecuada de las madres, y que ahora debe ser un infierno subir al ducado sin poder vivir como realmente deberías. Por eso mismo te envío al hijo de uno de mis mejores amigos: Alec Aoidh. Es escocés y quizás un poco terco… Pero con el tiempo te darás cuenta de que ha sido la mejor elección.
Cuando Katherine levantó los ojos de la pequeña hoja amarillo, sintió sus hojas anegados en lágrimas... Su corazón, por segunda vez en su vida, se rompió en mil pedazos.
jueves, 2 de mayo de 2013
viernes, 26 de abril de 2013
Across the Universe
Estaba tan cansada de estar allí. Tan cansada de fingir ser
alguien que no era. Mientras otros, ni siquiera considerados compañeros, reían
y disfrutaban de la mutua compañía. Al contrario de todos, ella era la única
que siempre estaba alejada, escondida, cuidadosa de no ser el centro de
atención. Libro en mano, auriculares en oídos, o simplemente durmiendo para
escapar de su realidad. Como era el caso.
Katherine se había marchado al cabo de dos semanas de estar
con Mathew. Dos semanas más maravillosas de su vida entera. ¿Pero quién era al
final él? Nada más que su amor platónico que dejaría de ser real cuando él
decida tener una novia en su país. Nada más que aquél que siempre amaría y él
no sería consciente de cuánto ella le quería. Soñó tantas veces con poder
decírselo… Y tantas veces se conformó con permanecer callada, absorbiendo cada
centímetro que se tocaban, cada beso robado.
Pero sin llegar a ser lo que ella quería: una pareja de verdad.
Cerró sus ojos al mismo tiempo que apoyaba su cabeza contra
la pared. Rememoró el momento en que, estando en la universidad de su único amor, le había confesado sus temores de
niña, sus secretos más guardados, sus deseos más preciados. Le había cantado la
canción que más se sabía My inmortal de Evanesence y Mathew la elogió por la
dulzura que desprendía. Pero a pesar de ello, fue después del accidente en la
manifestación que él decidió no avanzar más, no profundizar en su relación. Por
miedo a causarle más daño del que pudiera él mismo soportar. ¿Pero qué
importaba eso? Estando con él ella soportaría cualquier cosa. Prefería mil
veces sufrir eso, que el tormento de ahora: la indiferencia con que la gente la
miraba, la trataban.
Volvió al momento en que todo fue a peor:
Estaban en el tren que
les llevaría a la Moneda (el parlamento chileno) donde ocurriría la
manifestación de los estudiantes por un sistema de educación mejor del que
tenían. Mathew tomó parte activa desde un principio, convocando reuniones,
ideando formar de revelarse, de mostrar el enfado de la población estudiantil. Nunca se rindió, ni
en ese momento, ni en futuros sucesos que debieron de marcarle como un látigo a
fuego en el corazón.
Su mano derecha
acariciaba la muñeca de Katherine, en un lento ritmo, mientras sus miradas se
encontraban y se perdían en ellas. Él olía a Calvin Klein, ella a vainilla. Él
vestía con ropa punky de pantalón largo ajustado negro y una camiseta de manga
larga verde militar; mientras ella optaba por unos vaqueros azules y una camisa
rosada de manga corta. Su pelo rubio rapado en casi toda su totalidad a
excepción de una cresta central lisa; ella pelo corto y rizado. Cualquiera
diría que eran antítesis y que su relación nunca llegaría a nada. Katherine
sabía que a pesar de todo, él la complementaba, y ella a él también. Eso era lo
que contaba realmente.
Katherine extendió su
brazo hasta tocar la mandíbula del chico, rozando sus labios con los de ella en
un tierno beso. La gente les miraba con curiosidad, pero mientras subían y
bajaban del andén, no existía nada más.
Él atrajo su cabeza
nuevamente, en un gesto posesivo, tomando propiedad de su boca y saboreándola a
su antojo. Susurró algo contra ellos que no pudo entender, y al preguntarle, él
emitió una risa juguetona y la abrazó con más fuerza.
Al llegar al destino
bajaron con muchos otros alumnos del transporte público.
Siguieron la marea,
agarrados de la mano, uno al lado del otro, él sabiendo a dónde ir, ella
perdida.
-
No te
separes de mí pase lo que pase- gritó a su lado.
-
¿Y si
pasa? ¿Dónde nos encontraremos?-preguntaba ella preocupada por lo peor.
-
En ese
caso quiero que busques un sitio despejado y me llames. Conociéndome, si te
pierdo de vista estaré demasiado preocupado como para no estar pendiente del
móvil- una sonrisa bastó para tranquilizarla.
Al llegar a la plaza de delante el parlamento, Mathew la presentó a
varios amigos suyos: Angela, Ricardo, Marcus, Stephanie, María y Christo. A
Christo lo conocía de hacia tiempo por el juego online al que jugaban ambos.
Todos eran simpáticos y prometieron ayudarla si la veían perdida. También
hicieron un juramento en silencio de cuidar a la que debiera ser la novia de su
mejor amigo, pasara lo que pasara. Le sorprendió el pacto, o la enérgica
amistad que había entre ellos. Estaban dispuestos a pasar por algo duro, con
tal de ver feliz al más alegre del grupo, al más alegre y rebelde de todos.
Poco a poco empezaron a llegar más y más estudiantes descontentos con
el sistema. Ninguno parecía un potencial peligro para la sociedad como decían
las noticias, pero una nunca debía fiarse de ellas. Muchos de ellos conocían a
Mathew, y él, alegremente, la presentó a diferentes representantes de las
universidades. Esperaba caer bien a la gran mayoría, como más tarde la
confirmarían.
El resto de la mañana fue tranquilo, ayudando a hacer ruido con cacerolas
y pitos, silbatos y bocinas. Más de una vez se vio demasiado cerca de los pacos
o policías que controlaban la zona con caballos, pero ninguna de esas veces
estuvo cerca de una amenaza. Quizás los estudiantes también exageraban.
Y aún cuando creía que la tarde terminaría bien, empezó el caos.
Estaba al lado de Angela, conversando sobre las diferencias del sistema
educacional español frente al chileno, cuando se oyó un sordo golpe cerca de su
posición. La multitud enmudeció de repente, dando paso a la incertidumbre. Los
policías empezaron a organizarse en torno a la larga zona por la que
circulábamos. Todos nos miramos con temor, nadie comentó nada, porque
empezaron a esperarse lo peor: los extremistas habían llegado. Buscó
rápidamente a Mathew con la mirada, pero no estaba cerca de ella, no estaba en
su campo de visión. El miedo ascendió por su cuerpo con velocidad. ¿Qué iba a
pasar ahora?
-
¡No me
sueltes, Katherine!-gritó con fuerza Angela- Kathie iba a responder cuando
alguien tiró de su brazo en dirección contraria a la de su nueva amiga. Todos
tenían el terror reflejado en sus miradas. ¿Sobreviviría?
-
¡¡¡Angela!!!-gritó
desesperada.
Varios encapuchados corrieron hacia ella, con botes de cristal llenos
de un líquido transparente y fuego en la tapa: cóctel molotov. Su instinto de
supervivencia la instó a agacharse cuando una de ellas voló por cerca de su
cara. Su rostro chocó contra el asfalto, rasgando parte de su piel. No existía dolor mientras se levantó con
rapidez y empezó a correr lejos del campo de batalla.
Varios policías se colocaron delante de ella montados a caballo. Cambió
de dirección hacia una zona despejada. Varios encapuchados más se adelantaron a
ella, prendiendo fuego a cubos de basura y lanzando incendiarias a los
defensores de la ley. La justicia respondió con cañones de agua a presión.
Katherine siguió corriendo por la marea de gente. Ya no eran solo los
gamberros cometiendo ilegalidades, sino parte de los estudiantes se unieron a
la lucha. En un momento que pensó estar en un sitio despejado, sintió un golpe
por la espalda. Era un golpe que inmediatamente le humedeció la camiseta y la
tiró al suelo. Alguien gritó su nombre a lo lejos. Intentó volver a ponerse en
pie, pero el agua la mantenía pegada al suelo. Empezó a gatear contra un árbol
grande. Justo al llegar, dejó de sentir la presión.
Volvió el rostro, buscando a alguien conocido. Le pareció ver a Mathew,
pero no era nada más que un chico rubio siendo pegado por varios policías.
Contempló cómo había cambiado en cuestión de segundos lo que fuera una marcha
pacífica. Varios pacos mantenían en el asfalto a dos chicas, las cuales eran
pegadas con las porras; varios estudiantes gritaban en contra de las
atrocidades… Los bandoleros seguían tirando fuego a los cuerpos policiales, y
los carros acorazados seguían lanzando agua indiscriminadamente. L a gente huía
con toda la velocidad que podían, pero eran alcanzados por pistolas de gas
comprimido o pelotas de plástico. Aparecían alumnos con cejas abiertas por un
golpe, labios partidos, hemorragias en un brazo, o la nariz torcida. Le
entraron arcadas con sólo ver la sangre de un cuerpo desplomado a sus pies.
<< ¡Madre mía!>> Movida por la pena, ocultó el cuerpo del
chico detrás de los arbustos. Se quitó
el pañuelo y con él hizo un candado al joven herido. Cuando comprobó que había
hecho lo que pudo volvió a aventurarse en el campo de batalla con mucho más
cuidado.
Los insurrectos montaron varios bloqueos con fuego para impedir el paso
de la policía. Arrastraban consigo a otros más estudiantes que intentaban
escapar, manteniéndolos pegados a ellos. Un montón de chicos gritaban en busca
de ayuda, otros en busca de pelea. Desesperada por encontrar a Mathew y salir
de allí empezó a llamarlo a gritos. Una nueva oleada de muchedumbre enloquecida
la empujó contra una dirección contraria a la que había decidido tomar. Luchó
con todas sus fuerzas para poder escaparse de allí, pero le era imposible
avanzar sin recibir un codazo, o un golpe en las costillas.
Al sentir unos brazos agarrándola con fuerza, gritó como si le fuera a
dar un ataque al corazón.
-
Tranquila,
tranquila cariño. Soy yo, estoy aquí- susurraba su chico contra su frente-
mírame, mírame- Fijó su mirada en la de ella, seria, y fría-. Quiero que
corras. Corre hacia la universidad. No des la vuelta, ni mires atrás. ¿Me oyes?
Quiero que corras y te escondas allí. Yo iré por ti. ¡¡¡Vamos!!!
-
¿Pero qué
pasa contigo?-protestó ella asustada.
Mathew se alejó de ella, despistando a varios policías que sin saberlo,
se acercaban a ellos. Casi al mismo tiempo, otros dos la seguían a ella. Empezó
a correr contra la gente que iba en otra dirección, notando las pisadas de los
perseguidores en su espalda.
-
¡Mathew!-gritó
con todo el miedo que sentía. Los dos guardias que se habían adelantado, la
tenían cogida por los brazos, intentando tirarla al suelo. Uno de ellos empezó
a sacar la porra, y el otro aprovechó para asestarle un golpe en la mandíbula.
El dolor atravesó cada poro de su piel, y el alarido fue aún más mayor que el
anterior. Una negrura se hizo hueco en su mente con rapidez. Luchó con todas
sus fuerzas para no desmayarse. Ella no era de las que se cedían fácilmente.
Empezó a asestar golpes, arañazos, insultos… a todo lo que le impidiera
moverse. Los dos policías ya empezaban a maltratarla, y ella no tenía con qué
poder defenderse.
-
Te
llevaremos a donde te mereces, gamberra-
repetía enfadado uno de ellos. El compañero parecía estar contento del trabajo
que realizaba, pues su sonrisa de suficiencia atravesaba cualquier barrera.
Oyó la voz de Mathew acercándose. Su rostro descompuesto por la escena
que debía presentar. Un líquido caliente se deslizó con lentitud por su frente,
molestando a sus ojos. Su visión se tornó roja pasión. Deseaba que Mathew
llegara a tiempo. Al notar la presencia del muchacho, los dos hombres que la
mantenían sujeta empezaron a arrastrarla a una furgoneta verde militar.
Katherine intentó nuevamente escapar, pero parecía estar atada por
cadenas. Siguió pataleando aún cuando
empezaban a subirla al coche.
Como caído del cielo, su ángel surgió de entre el gentío para salvarla.
Paró el brazo de uno de los agentes, y emprendió una serie de estacazos al
hombre. Mathew estaba acompañado por varios amigos que se enzarzaron en la
contienda. Una vez librada de los dos agentes, su chico la mantuvo en pie,
abrazada a su cuerpo caliente. Sus ojos permanecían inyectados en sangre.
-
Te pedí
que te fueras…-empezó a decir.
-
Y lo
hice-respondía tajante.
Secó la sangre de su rostro, aumentando la presión en su abrazo.
Comenzó a caminar con ella. Torció por una esquina intentando despistar al
resto de los policías, y luego viró hacia la derecha sin mirar el semáforo en
rojo. Continúo varias calles hacia un parque, para luego volver a girar a la
izquierda y avanzar por una residencia de estudiantes en mal estado. Los gritos
de la lucha seguían escuchándose con más fuerza. Katherine ntentó pensar en
otra cosa para olvidar el dato, pero por más que lo intentaba le venían
imágenes de muertes y dolor. ¿Dónde estaba Angela? ¿Estaría bien?¿Estarían bien
los demás?
Al llegar a la universidad entraron por las puertas, cerrándolas de
inmediato. El escenario la hizo temblar: cientos de personas apiñadas contra la
pared, llorando, abrazados a cabezas inconscientes, durmiendo… Todos intentaban
escapar a su manera del conflicto exterior. Varias fotos colgadas de las
paredes, buscando a otros estudiantes. Algunos lloraban con nervios, otros
temblaban ante lo que acababan de vivir… ¿Y Mathew quería que ella permaneciera
allí mientras él hacía el héroe? ¿Y si le pasaba algo? Tampoco ella podía ser
la heroína de un territorio que no conocía. Contempló su rostro, asustada por
su vida.
-
Debo irme,
aún faltan algunos de los chicos. Hazme caso y quédate aquí hasta que vuelva.
No entrará nadie de la ley, está prohibido.
-
No me
dejes aquí, por favor. No me dejes sin saber qué te puede pasar allí fuera- la
sola idea de dejarle allí fuera, sabiendo lo que le pasó a ella, era inaudita.
¿Cómo volvería sin él? ¿Cómo le explicaría a sus padres que el propio hijo
permanecía en la cárcel por salvarla a ella? O algo peor, que había muerto.
-
Tengo que
irme- y sin terciar ninguna otra palabra, el joven salió por la puerta
corriendo.
Entreabrió la puerta, intentando localizar su figura, pero se sucedían
imágenes borrosas debido a sus lágrimas. Por Dios, tráelo vivo.
Al cabo de media hora, y sin saber nada de él… Sin poder soportar más
el miedo y el temor, descendió la escalinata de piedra, dispuesta a buscarle.
Al atravesar varias callejuelas volvió a encontrarse en el punto de partida,
por donde llegó en la mañana. Empezó a acelerar el paso buscándole. Seguía el
conflicto, ahora decayendo por la represión del Estado, pero los heridos se
sucedían en la calle. Algunos eran arrestados contra sus fuerzas y llevados en
coches blindados de guerra.
Intentó reconocer a la gente tirada en el suelo, a las parejas
llorando… No veía a nadie.
Cuando creyó perdida la búsqueda, una cabeza rubia sobresalió de entre
varios coches destrozados. Corrió frenética hacia el cuerpo.
-
¡¡¡Oh Dios
mío!!!- Se oyó gimotear. Recogió la cabeza de Mathew entre sus brazos,
abrazando el cuerpo con fuerza- Despierta, cariño mío, despierta…
Buscó su móvil en el bolsillo, marcando el número de emergencia, dando
los datos de los sucesos y pidiendo que llegaran rápido. Varios policías
pasaron por su lado sin prestarle atención, o quizás haciendo caso omiso de
ella. Ya no le importaba si le daban golpes, sólo quería que el sobreviviese.
¿Qué era una vida sin él? Puro aburrimiento, puro dolor. Siguió durante un tiempo indefinido
repitiéndole que despertara, que no la abandonara en ese mundo de demonios…
Esperaba sentir con más fuerza su latido, ahora casi inexistente. ¿Y si se
moría allí? Por Dios que no podría soportar la culpa de verle morir en sus
brazos sin haber hecho nada por salvarle. ¿Dónde demonios estaban los
sanitarios? ¿Por qué tardaban tanto? Impaciente por ver de nuevo aquellos ojos
azules, lo levantó a duras penas. Subió el cuerpo sobre su espalda y empezó
a caminar con él hacia la universidad…
Al menos allí debería haber un botiquín con el que poder ayudarle. Pero al
mismo tiempo sus pensamientos cambiaron: ¿qué narices iba a hacer con un
botiquín si su amor necesitaba urgencia inmediata? Volvió a dejarle en el
suelo, acostado sobre sus piernas, acariciando su sudorosa frente.
Lloró. Lloró como nunca lo hizo antes. Con dolor, sin aire que poder
tragar. Actuaba como una mujer madura, pero cuando lloraba, volvía a ser una
niña pequeña.
¿Quién iba a pensar que después de aquello Mathew no
querría volver a verla? ¿Orgullo? ¿Miedo? ¿No querer hacerla pasar por estar
con un rebelde que podría poner su vida en peligro por reclamar sus derechos?
No sabía la respuesta a nada… Sólo
que después de ése día, perdió toda esperanza de tener algo con quien sería su
verdadero y único amor.
jueves, 18 de abril de 2013
Teathre
El escenario fue para mí, desde un primer momento, un jardín
para caminar y una inmensidad para soñar -¿qué más podía pedir? Unas cuantas
flores a mis pies eran las sillas del público. Y sobre mí las resplandecientes
estrellas, focos que me iluminaban.
Sobre el escenario dejaba de ser yo misma, una chica tímida
e insegura, para convertirme en diferentes mujeres: una sirvienta que hacía
oídos sordos a su señora y repartía escobillazos; un ángel guardián del
arcoíris; o simplemente la hija de un científico convertido en patata. Fui
tantas mujeres que de cada una de ellas aprendí algo. Todos somos artistas:
haciendo teatro, aprendemos a ver aquello que resalta a los ojos, pero que
somos incapaces de ver al estar tan habituados a mirarlo. Lo que nos es familiar
se convierte en invisible: hacer teatro, al contrario, ilumina el escenario de
nuestra vida cotidiana.
Desde pequeña tuve miedo escénico, no podía hablar delante
de un público sin temblar o sentir las lágrimas a punto de ser ríos por mi
rostro. Quería cambiar, tener más confianza, aprender ese mundo que tanto me
llamaba la atención, ser alguien más aparte de la Candy escondida detrás de los
libros.
Yo no había decidido apuntarme a teatro, fue iniciativa de
mi madre. Y un viernes por la tarde me encontraba ante una chica joven, con el
pelo largo semejante a una lady de mis historias, segura y cómoda. Parecía
tener una luz propia con la que iluminaba el camino y a quienes la rodearan.
Ella era Goretti.
Decir que después de ese día cambió mi vida sería mentir. El
cambió tardó mucho, pero mientras tanto, disfrutaba cada segundo con mis nuevos
compañeros.
Tras un día estresante en el instituto, llegaba allí, al
auditorio de Arafo, a mi refugio. El teatro era el espacio donde podía ser una
niña otra vez sin ningún límite. Goretti nos ayudaba a desarrollar
nuestra pasión de vivir y nos ofrecía una vía para huir de la
multitudinaria sabiduría de las calles. A mí al menos, me enseñó a disfrutar
del público, de sus risas que provocaban cosquilleos en mi nuca, de los aplausos
al terminar, semejantes a una orquesta que se alzaba con fuerza y claridad, a
la expectación de la intriga… Pasé a sentirme parte del atrezzo, a respirar y vocalizar las palabras, a mantener mi
semblante en orden a mi diálogo… Sin duda alguna, a pesar de la tardanza del
cambio, experimenté una de las mejores épocas de mi vida…
Supe por eso que el actor
ideal no debía tener alma, porque tenía que recibir el alma de los demás. Y
esta carencia de alma es una de las razones por las que la profesión de actor
siempre ha resultado un tanto sospechosa a la autoridad oficial. Por eso es tan
especial actuar. Dejas de ser tú misma para ser una princesa, un rey, un
mendigo, un hombre loco, una serpiente que habla, una estrella que no ilumina.
Goretti fue la primera vez de
muchas cosas:
Nos presentó a un compañero que
nos explicó lo qué sucedía durante la reproducción de una película en el cine;
tuve el honor de entrevistar y conocer a un actor español; grabé mi primer
cortometraje de terror y aparecí en otro con el director Cándido Perez de
Armas; armé mi primera marioneta artesanal, interpreté una canción, bailé
delante de la gente… Descubrí la fuerza que tenía y la capacidad para expresar
mis sentimientos sin dificultad y a soñar con seguir representando obras. De
ahí mi pena cuando el ayuntamiento cerró la escuela. No entendía la razón, y
esperaba que pudiéramos encontrar una solución. Pero las cosas fueron
complicándose y terminamos casi por perder el contacto.
Sin embargo, Goretti
siempre ha estado a pie de cañón para mantenernos unidos. Al poco de conocerla se me presentó como una
joven luchadora, una mezcla entre soñadora y realista, llena de energía y vida,
llevando alegría a dondequiera que fuera. Sabía enseñar con el ejemplo y
cualquier ejercicio nuevo parecía un juego didáctico perfecto para hacernos
recordar lecciones. Ella nos instaba a imaginar y crear, a innovar y dar ideas
para mejorar nuestro pequeño salón donde hacíamos magia (teatro). Su actitud
positiva te contagiaba, haciendo más fácil seguir adelante aunque fuera duro y
complicado. Pero nunca faltaban las risas y las improvisaciones.
Creo que después de ella no volví a sentir tanta comodidad y
libertad con nadie. Nos trataba como personas maduras, y al mismo tiempo,
mantenía vivas nuestras ilusiones y fantasías. Los sueños junto a ella parecían
poder hacerse realidad, como si la vida sin ellos fuera imposible y nos
ayudaran a seguir adelante. Ahora sé que tenía razón.
Por ello
sabía caer bien a la gente. Tenía dotes sociales que pocos pueden igualar y los
que lo hacen no es de la misma forma. Quizás por eso
para mí, el teatro fue una experiencia tan enriquecedora, la posibilidad de
dejar de ser uno mismo es siempre muy hermosa.Una de las enseñanzas que ella nos transmitía, o me parece a mí y no con las mismas palabras era que un fracaso en el teatro, por ejemplo, podía llegar a ser más estimulante que el éxito. ¿Qué hacer en caso de éxito sino bajar la mirada e intentar mostrarse modesto? En caso de fracaso, al contrario, hay que recordarle a la "troupe" desconsolada que no es el fin del mundo, que, al fin y al cabo, hemos pasado unos buenos ratos juntos. Y siempre estamos con la oportunidad de repetirlos.
Pero esta ha sido mi “pequeña opinión” con respecto a esa etapa de mi vida, cuando los sueños parecían ser más reales que la propia realidad en sí misma.
domingo, 14 de abril de 2013
Dancing...Society...Reviews...Chains
Nunca le habían gustado los bailes. Bueno, no el baile en
sí, sino la reunión de la alta sociedad en los diferentes palacios para
celebrarlos. O quizás era que no soportaba el tipo de gente con el que solía
reunirse cada noche. Sí, sería eso, porque le gustaba vestirse para esos
eventos. Le gustaba arreglarse el pelo, llevar trajes nuevos de diseño francés,
y sobre todo, le gustaba bailar el vals, o la cuadrilla, o cualquier otro tipo
de música, además de cantar y tocar el piano. Pero al contrario de lo que se
esperaba de los de su clase, no aprobaba criticar a los demás, ni maltratar, ya
fuera física o psíquica, a los criados. Ella misma se negaba a seguir las
mismas reglas de la otra cara de la aristocracia: chicas de cabeza hueca,
viudas que buscaban jugosos cotilleos que las entretuvieran durante un largo
período de tiempo, libertinos y calaveras de todas las edades, madres
estresantes que reprendían todo el tiempo… Protocolo y normas… Hipocresía y
quimeras.
Definitivamente no soportaba a los nobles.
Pero como futura duquesa de Kingsbridge debía asistir a las
veladas y dar una buena imagen de sí misma, por no decir conseguir un futuro
marido lo suficientemente tonto como para dejarla ser libre y tomar sus propias
decisiones sobre su ducado. No quería ser su mejor amiga, la condesa de
Montalville, Anna, que debía ser sumisa a cada deseo de su esposo: un obeso de
cincuenta años, libidoso y sarcástico. Katherine consideraba el sarcasmo como
una cualidad poco atractiva en un hombre y
a él le sobraba. Al contrario, Katherine se prometió hace mucho tiempo
no ser como su madre, ni dejar que un hombre controlara su patrimonio. Ella era
la heredera, y ella decidiría sobre lo suyo. Empezaría por arreglar las casas
de los campesinos, compraría las propiedades que su padre perdió en las
apuestas, y reformaría el castillo en que vivían, de tal forma que volviera a
ser la misma residencia alegre de antes. Y si para conseguir su objetivo debía
soportar las críticas de la gente, estaría encantada de hacerlo.
La mansión de los Montalville en Mayfair estaba iluminada
por varios farolillos en el exterior. Los carros avanzaban lentamente por el
suelo adoquinado, y las mujeres con elegantes vestidos subían la escalinata
acompañadas por sus parejas. A veces envidiaba a esas parejas jóvenes, conocían
los secretos del matrimonio, disfrutaban de un respeto mayor entre los nobles,
por no decir el derecho a negarse asistir a bailes, reuniones sociales y
fiestas.
En cuanto su transporte frenó, un lacayo abrió la puerta y
tendió su mano para ayudarla a descender. Obediente a la señal de su madre,
cogió la mano y bajó los dos escalones del carruaje negro. Varios nobles la
miraron un momento, para luego volver la vista a otra dama mucho más atractiva.
Katherine era consciente de su poco atractivo, su cuerpo estaba al contrario de
la moda del momento: curvas, de piel morena, ancha de caderas, rostro cuadrado,
labios jugosos y ojos marrones. Todo en vez de piel sonrosada, flacas, rostro
fino y afilado, boca fina y ojos azules. Pero no le importaba. Lo que hoy
estaba de moda, mañana sería viejo.
Avanzó, por detrás de sus padres, a la entrada del gran
edificio, donde la gente se arremolinaba para entrar. Entre el gentío pudo reconocer al conde de
Mashvile, al duque St.Warrington y a la condesa Hunt, mientras esperaba un leve
reconocimiento, ninguno la saludó aún cuando pasó por cada lado de ellos.
Contuvo su lengua para no soltar un improperio delante de sus caras ansiosas
por coquetear. Sin embargo se abstuvo de ser condenada socialmente, y saludó de
manera educada al marido de su mejor amiga, para después abrazar a su querida
Anna.
Cuando se dio cuenta, la condesa Hunt se le había acercado.
-
Mi querida Newhile, ¿cómo se encuentra?- a pesar
de sus palabras cariñosas, sus ojos fríos demostraban que no le importaba en
absoluto saber cómo estuvo esos últimos días.
-
Muy bien, condesa. ¿Y usted? ¿Ha disfrutado del
tiempo en Stradford?
-
Al contrario, siempre prefiero la ciudad. Hay
más diversión, ya me entiende usted-guiñó un ojo, y su mirada se tornó
maliciosa- O quizás no- ¿cómo no iba a saber la ironía de ese comentario? Esa mujer no pensaba en otra cosa que no
fuera compartir lecho con una nueva adquisición-. Espero que esta noche nos
deleite con su hermosa voz…
-
No creo que sea posible, condesa Hunt…
-
Boberías. Una voz como la suya no debería estar
guardada bajo siete llaves.
Antes de poder pronunciar una
palabra más, la condesa había salido corriendo detrás de su amante. Katherine
buscó a sus padres con la mirada en un fracasado intento. Negándose a
permanecer en la puerta sola, como un conejillo temeroso, extendió su vestido
añil con decorados violetas y atravesó el umbral de la puerta correspondiente a
la sala de baile.
Algunas parejas ya estaban bailando al ritmo de la música en
la pista. La mayoría damas presentadas en esa misma temporada. Ninguna de su
edad. Estaban todas casadas. Menos ella, por supuesto. Pocos hombres se
atrevían a sacarla a bailar, y mucho menos un vals. Kathie sospechaba que era
por su inteligencia: los hombres tenían miedo de aquellos especímenes mucho más
inteligentes, y la única forma de protegerse era manteniéndolos alejados. En su
caso, permanecer sentada en una silla, esperando y esperando a que terminara la
velada o sus padres quisieran marcharse. Como
un florero.
Mientras rodeaba la sala, tarareó en voz baja una canción
para entretenerse. Los demás permanecían inalterables a su paso. Ninguno
parecía fijarse en ella. Caras borrosas tras sus ojos de fémina. De repente,
una voz sonó tras su espalda:
-
No me diga, señorita, que está usted aburrida.
¿Acaso no hay suficiente entretenimiento en esta sala para usted?
-
Debería…
-
¿Por qué no lo ha buscado?-inquirió él. Al darse
la vuelta pudo analizar el rostro del hombre. Era alto, una cabeza más que
ella, ancho de espalda y de marcados músculos bajo la ropa que llevaba. Sus
cara era de ángulos marcados y ancha, labios gruesos y ojos grandes azul
grisáceo. Su cabello estaba recogido en una coleta hacia atrás, de un negro
azabache. Su vestimenta hecha a medida.
-
Se supone que debería venir a mí- el dirigió una
tímida sonrisa. Aún no conseguía mantenerse serena ante un sexo opuesto.
Mientras su rostro se volvía rojo de vergüenza, su acompañante le tendió una
mano.
-
Si así gusta, dama solitaria, le propongo bailar
una pieza del siguiente vals.
Asombrada, Katherine no supo qué
contestar a la invitación del hombre. Ni siquiera se había presentado, pero
¿sabría él quién era ella? ¿Sabría que sería duquesa? No creía otra forma de
que se le acercara.
-
Ni siquiera se ha presentado, my lord. ¿Cómo
bailaré con usted sin siquiera saber su nombre?
-
Por supuesto. ¡Qué maleducado por mi parte! Mi
nombre es Jason Harry Rutteldge, hijo de Harry Rutteldge y Poppy Hathaways,
vizconde. Discúlpeme por interrumpir nuestras presentaciones, pero nuestra
pieza empezará en breve. ¿Me hace el placer de bailar conmigo esta pieza?
Ella aceptó de inmediato, rozando
levemente su mano con la de él. Avanzaron por entre la multitud, él seguro de
sí mismo, ella nerviosa. ¿Qué nombre debía decirle? ¿El verdadero? ¿No debería
mentir? ¿Sería un buscador de fortunas?
La mano derecha de Rutteldge se
posó poderosa en la cintura de ella, atrayéndola más de lo debido a su propio
cuerpo. Y comenzaron a dar vueltas por entre las parejas. Los pasos de ambos se
acoplaban a la perfección, él la dirigía a ella sin temor, y ella se dejaba
guiar. Rutteldge la mantenía en posición, y ella disfrutaba del calor que
transmitía su cuerpo.
-
Es su turno de presentarse, damisela- sus ojos
azules se posaron sobre los de ella, manteniendo en una batalla la mirada.
-
Soy Katherine Newhile, heredera del ducado de
Kingsbridge. Hija de Dereck Newhile y Elizabeth Mason.
-
¡Vaya! Tengo una duquesa entre las manos.
Sorprendente…
-
Lo dice como si estuviera acostumbrado,
Rutteldge.
-
Y lo estoy, créame- respondió socarronamente.
La mano de James comenzó a bajar
lentamente por su cintura. Inmediatamente, Katherine estiró su mano para
colocarla donde estaba en un principio.
-
Si vuelve a ser ese movimiento, me veré obligada
a dejar la pista de baile, usted en ella.
-
¿Qué movimiento, duquesa solitaria? Yo no he
hecho nada…- ¡¿Cómo se atrevía a negar su movimiento?!
-
Yo le he avisado, señor.
James rompió a reír delante del
público que les observaba.
-
Qué inteligente parece usted, Katherine.
-
No le he dado permiso para usar mi nombre de
pila, Rutteldge.
-
¡Oh, sí! Disculpe de nuevo. Quizás prefiera
¿Madame? ¿Soledad?
-
No le veo la gracia, señor- ese señorito de cuna
se estaba pasando con sus comentarios. A parte de que ella no soportaba a los
tontos de mollera, no iba a tolerar tal agravio a su persona, menos viniendo de
alguien que no la conocía.
-
Vamos…-respondió al ver el rostro enfadado de
Katherine- sonría, duquesa. Son sólo bromas.
-
Quizás para usted, pero para alguien
inteligente, no deja de faltar al respeto.
-
O usted se siente dañada en la verdad.
Los ojos del maleducado no dejaban
de contemplarla fijamente. Humedeció sus labios con su lengua. Ese chico le
gustaba, pero al mismo tiempo era tan, pero tan insoportable para su carácter,
que ni siquiera sopesaba la idea de aguantarle más tiempo.
Tras varias vueltas más en la
pista de baile, Katherine se despidió de Rutteldge y dio media vuelta sobre sus
pies, de camino a la salida. Pero no todo había acabado. La condesa Hunt
apareció en su campo de visión, de forma sospechosa, y sonriendo.
-
Mi querida excelencia. ¿Está lista para mostrar
su hermosa voz?
-
¿Cómo?-respondió asombrada Katherine. ¿De verdad
tenía que cantar? ¿Era acaso una broma? Justo cuando se libró de un muermo,
¿tenía que cantar delante de tanta gente?
-
Por supuesto, querida. ¡Toda atención! ¡Presten
atención!-gritó a los presentes- Katherine Newhile nos cantará con su hermosa
voz una canción. Démosle un fuerte aplauso.
El público respondió con unas
suaves palmadas mientras la orquesta cesaba en su canto. El miedo escénico
comenzó a embargarla. ¡Socorro! Quiso gritar.
James Rutteldge se acercó a su
padre, indignado. Katherine pudo entender unas frases de la conversación:
-
¡Debe hacer algo! ¿Va a dejarla cantar así como
así?
-
¿Y quién es usted para decirme nada,
muchacho?-respondió rojo de furia su padre.
-
No podemos hacer nada. Negarnos sería ponerla en
una situación aún más comprometida-respondió su madre.
-
¡Pero no pueden dejarla así!
-
Sobrevivirá- fue la breve respuesta de su padre.
A regañadientes caminó al
escenario. Ascendió recogiendo sus faldas y se preparó para cantar. Localizó a
James con la mirada, pues no veía a Anna.
Cantó la primera canción que pasó
por su cabeza:
¿Cuánto he de estar esperando
para escucharte correr?
¿Cuánto he de estar
actuando para que tú lo dejes de hacer?
No quieras que, quiera seguir así
sobre esta resaca de un mar sin fin
oculta en el espacio, vacío y de cristal
sin nada que, consiga, hacerme hablar
¿Cuánto has de estar, invernando
para escucharme llover?
¿Cuánto has de estar en sus brazos
para intentar entenderme?
No quieras que, quiera seguir así
sobre esta resaca de un mar sin fin
oculta en un espacio, vacío y de cristal
sin nada que consiga, hacerme hablar
no quieras que, quiera vivir así
con estas cadenas en tu mundo gris
oculta en tu mano, vacía y de cristal
sin huecos que me dejen respirar
No quieras que, quiera seguir así
Sobre esta resaca de un mar sin fin,
oculta en un espacio, vacío y de cristal
sin nada que consiga, hacerme hablar
No quieras que, quiera vivir así,
Con estas cadenas de tu mundo gris
Oculta en tu mano, vacía y de cristal
sin huecos que me dejen, respirar.
Cuando terminó de cantar, James se
le acercó corriendo, pero ella ya estaba saliendo por la terraza, en dirección
al palacete escondido entre los árboles para llorar y soltar los nervios de su
cuerpo.
No escuchó cómo él la seguía rápidamente, hasta cogerla por el brazo y
aplastándola contra su pecho, manteniéndola unida a su cuerpo. Mostrándole
seguridad y protección.
-
Ya ha pasado, ya ha pasado…-Susurraba contra su
cabello repetidas veces.
-
Por Dios, sácame de aquí un rato…-rogó entre las
lágrimas.
Cogiéndola en brazos, caminó por
el sendero de tierra hasta la fuente de hadas y ángeles, donde una glorieta
reinaba en medio de los árboles.
-
Has sido muy valiente, Katherine.
-
Ha sido horrible…
-
Pero has sabido llevarlo. Y lo hiciste genial.
Tu cantar fue precioso.
-
¿Por qué vengo a este tipo de cosas? Odio cantar
en público, odio fingir como ellos, odio ser ellos…
-
Es tu obligación como hija del duque.
Al final todo eran obligaciones, reglas que debía
cumplimentar para hacer a los demás felices. Debía fingir que todo iba bien, no
podía mostrar nada o sería la comidilla de la sociedad.
Fingir y hacer que nada le importaba. Pero es que en
realidad, deseaba con todas sus fuerzas ser feliz con alguien, compartir
momentos, tener hijos, reír y llorar de felicidad, conocer mundo con alguien
que la quisiera. Olvidar el dolor. No encontraría un hombre hasta que estuviera
dispuesta a exponerse a un posible daño, a asumir el riesgo del rechazo, o la
traición y a que se le rompiera el corazón, los cuales iban unidos a la experiencia
de querer a alguien.
En su incesante lucha por salir adelante ella misma, había
tantas emociones que no se había permitido vivir enteramente, tantas cosas que
no había explicado, que ahora no podía parar.
-
La gente rica es tan desgraciada como la pobre.
De hecho, es más desgraciada- comentó él contra su piel.
-
Intento ser comprensiva, pero en mi opinión
existe una diferencia entre los problemas reales y los inventados.
Él volvió a callar, sumido en sus
pensamientos. Y Katherine continuó en los suyos. Pero al rato, ella inició la
conversación:
-
El amor consigue en escoger a la persona
adecuada, no encontrar. Se trata de realizar una buena elección y entregarse de
corazón.
-
¿Tú crees? En mi opinión, el amor llega a
nosotros sin avisar. A veces, la vida tiene un cruel sentido del humor y nos da
lo que siempre hemos querido en el peor momento posible.
-
Mi madre me ha dicho a menudo que el destino de
una mujer era padecer y soportar todo aquello que el Buen Dios quisiera
enviarle. Y en el pasado, mi tía Mariam me había dicho que incluso el peor de
los esposos era preferible a no tener esposo. Pero eso estaría muy bien para
algunas chicas, pero no para mí. Yo no quiero a alguien que siempre me haga
estar con la cabeza gacha. Quiero poder luchar con alguien, tener conversaciones inteligentes, viajar por
el mundo… Tengo otras ambiciones aparte de servirle de yegua a algún pomposo
aristócrata al que asusta muchísimo la idea de que su esposa sea más lista que
él.
-
Eres demasiado inteligente para todos ellos. Por
eso nadie se acerca a ti. Tienen miedo de quedar como tontos. Por eso estás tan
sola, sin nadie que te entienda. El dominio de ti misma que muestras en todo
momento es realmente notable para una muchacha de tu edad. No tienes miedo, o
al menos no lo muestras.
-
Una buena parte de la sociedad considera que un
exceso de educación resulta perjudicial para una mujer. He tenido que aprender
muchas cosas por mi propia cuenta.
-
No quieres ser como ellas, ¿verdad?
-
En absoluto.
-
Y no lo eres, Katherine. Eres hermosa de una
manera tan irresistible como poco convencional, sin que el atractivo que
suscitas por mí tenga nada que ver con algo tan banal como las proporciones
clásicas. Todos tus rasgos están llenos de firmeza, las líneas de tus pómulos,
tu mandíbula y tu cuello dibujados con impecable pureza. Y yo nunca he visto
nada tan invitador como esa abundancia de pecas- James rió por todo lo alto, en
una carcajada limpia. Ella permanecía roja por los cumplidos dados. ¿Realmente
resultaba atractiva para él? Dios debió de haber escuchado sus súplicas.
-
Gracias.
-
Sólo digo la verdad. Si fueras una chica dócil y
apacible, no habrías durado ni cinco minutos conmigo- al volver a fijar sus ojos sobre los de él, ella se sintió invadida por un cálido calorcillo en su cuerpo. Quería ser besada por James. Quería sentir sus labios sobre los de ella... Quería su primer beso.
James parecía haber leído su mente, y con lentitud, bajó su cabeza hacia la de ella... A pesar del tono dulce al principio, empezó en una vorágine de emociones, tornándose más y más ardiente... Hasta que ella dejó de existir.
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