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sábado, 13 de abril de 2013

Déjalo ser


-          ¡Katherine! ¿Estás lista?- la voz de su madre se escuchaba desde el piso de abajo. Kathie, sin ganas de contestar, murmuró en su armario un trémulo “sí”. En cambio, su madre, sin escuchar la  respuesta, repitió su nombre una octava por encima.
-          ¡¿Qué?!- fue su breve respuesta. Áspera. Con rabia. Aparte de que la obligaron a despertarse temprano, se veía apurada por vestirse y salir en diez minutos al coche.
-          ¿Aún no has elegido ropa? Con algo negro bastará.
<< ¿Cómo va a bastar con solo algo negro?>>. 
Cuando estoy en problemas
La Madre María viene a mí,
Diciéndome palabras sabias: déjalo ser.
Y en mis horas de oscuridad
Ella está de pie justo en frente de mí,
Diciéndome palabras sabias: déjalo ser.

Era el funeral de su abuela, por Dios, ¿cómo no iba a presentarse "con solo algo negro" a la que iba a ser su despedida para siempre? El mero hecho de pensarlo le causaba un dolor agudo en el pecho. Quería llorar, pero dudaba de tener más agua en su cuerpo. La noche anterior permaneció despierta, llorando en soledad, ahogando sus desgarradores gritos… Cayó dormida antes de darse si quiera cuenta.
Tras mucho buscar, decidió ponerse un traje corto negro y chaquetilla del mismo color. Creía estar decente con el cabello atado hacia atrás en un recogido bajo y varios mechones cayendo delante. Pero su madre no hizo caso a su vestimenta y se dirigió apesadumbrada al coche. Tampoco le importaba mucho. Estaba acostumbrada a pasar desapercibida. Al final era lo que mejor se le daba. Ser invisible incluso para ella misma. Y la única persona que realmente podía soportarla, se había ido para siempre.
Desvió sus pensamientos de ese terrible sentimiento. Escuchó música mientras iban a la iglesia de la ciudad. De sólo pensar en que después debía soportar todos aquellos falsos pésames, miradas de pena, abrazos que la harían llorar… Ella debía permanecer fuerte, inalterable. No debía llorar delante de ellos. No debía demostrar lo mucho que le afectaba para que su madre no se rindiera. No más de lo que estaba. Tenía que resistir.
Y cuando la gente con el corazón destrozado
Vivan en el mundo aceptándolo
Habrá una respuesta: déjalo ser.
Sin embargo, algunos pueden estar separados
Pero hay una posibilidad de que se puedan volver a ver
Habrá una respuesta: déjalo ser.
Nada más entrar por el gran pórtico gótico, la gente se arremolinó a su alrededor. La mayoría decía palabras incomprensibles, algunos parecían haber llorado, otros sólo miraban con cara de lástima… Otros… Otros… Había tanta gente que no reconocía a nadie, pero tampoco quería. Nadie podría ayudarla. No ese día.
Su pequeña prima Mireille corrió hacia Katherine. Ambas se envolvieron en un abrazo doloroso. Mireille escondió su rostro en el cuello de su prima ,y rompió a llorar. Katherine, que había esperado poder mantener la compostura, no pudo evitar derramar ríos por sus hermosos ojos marrones. Acariciaba la espalda de su prima, agarraba fuerte su cabeza deseando poder hacer leve su dolor.

Cuando perdemos a alguien, lo perdemos para siempre. Los reproches, los enfados, y las recriminaciones a esa persona tomarían mayor importancia en ese lugar. Sería más doloroso de soportar. Ver el cuerpo inerte de tu abuela y pensar que tú contribuiste a su muerte. Poco a poco, tú la ibas matando con la mala cara que le ponías al ir a ayudarla, los gritos con tu madre por no querer cargar con tu pobre abuela enferma. Las amenazas e insultos… ¿Cómo pudo en ese momento causar tanto daño sin pensar en el dolor que causaba? ¿Cómo pudo hacerle eso a su abuela sin sentir ninguna pena en ese momento? Aquella pobre mujer, que la había cuidado desde niña, la protegió de los abusos de los demás, la cuidó con su propia vida… Y ella se lo recompensaba con todo lo malo que pasaba por su cabeza. ¡Qué idiota era! ¡Qué estúpida fue mientras decía cada palabra! ¡Qué inmadura seguía siendo! Y aunque llorara ahora, nada podría traerla de vuelta. Su abuela se había ido. Y había sido culpa de Katherine.
Todos los días, a las horas en punto, iba a la casa de su abuela, siempre enfadada pues prefería estar en el ordenador hablando y sin estudiar. Veía cómo esa mujer empezaba a marchitarse, dejaba de salir a pasear, no tenía equilibrio, perdía la movilidad del brazo izquierdo, la capacidad de hablar, de mantener los ojos abiertos… Pero sus ojos mostraban el terror de la situación. Tenía miedo a morir, pero al mismo tiempo quería poner fin a esa agonía. Aguantó durante diez años esa desconocida enfermedad. Y aún cuando empezó los primeros años de la maldición, ella seguía acompañándola al colegio, preparándole la comida, dándole cariños… Katherine Newhile nunca se lo agradeció. Ni siquiera le dijo un último te quiero. Ni siquiera se despidió. Qué mala fue…
-          Hola, Katherine- le sonrió su compañera de instituto desde un asiento cercano. Katherine sólo movió la cabeza en un gesto de asentimiento, sin querer pronunciar palabra. Temía que su voz se rompiera al hablar- ¿Cómo estás? ¿Ya estudiaste Geografía?
Si su amiga pensaba que con cambiar de tema podría ayudarla, resultaba ser un poco ingenua. No quería estar allí. Y mucho menos hablar de otros asuntos como si realmente no hubiera pasado nada. Pero ese no era el caso. Su abuela murió, y ella le debía un respeto.
-          Perdona, Alice, pero no quiero hablar- no quiero hablar porque me hace sentir triste, omitió para sí misma.
-          Oh, disculpa… Pensé que podría ayudarte de alguna forma.
Dudo que puedas ayudarme ahora. Algo en mi interior ha muerto. Algo se ha ido con mi abuela. Su vida ha terminado, y con ella mis posibilidades de decirle lo mucho que la quiero… Lo orgullosa que se sentiría de mí en un futuro, cuando consiga mis sueños.

Una puerta al lateral de la Iglesia se abrió, y un ayudante del servicio religioso comunicó que se podía ver al familiar por última vez. Nadie supo qué hacer. Todos permanecían quietos. Katherine no dudó en seguir a su prima pequeña, que corrió hacia la cámara anexa.
Su abuela estaba dentro del ataúd. Aún esperaba que fuera una broma, que realmente no estaba muerta. No sabía qué hacer. ¿Se le podía dar un beso? ¿Se le podía tocar aunque sea? ¿Qué importaba si el fuego consumiría su cuerpo horas después? Se acercó al sarcófago. Quería coger la mano de la anciana, gritarle que se levantara. Quería volver a estar estrechada en sus brazos… Sus labios se posaron sobre la frente fría, como muchas otras veces hizo cuando su abuela dormía. Las lágrimas empezaron a desramarse por su rostro, manchando el de su abuela.

-          Lo siento tantísimo…-susurró contra la piel- lo siento tanto, abuela.
La gente comenzó a formar como militares detrás de ella. Sus cuerpos chocaban entre ellos para poder ver al muerto como quién estaba en un circo morboso. Todos interesados, con las lenguas por fuera. Perros sarnosos.
Y cuando la noche está nublada
Todavía hay una luz que brilla sobre mí,
Sigue brillando hasta mañana, déjalo ser.
Me despierto con el sonido de la música
La Madre María viene a mí,
Dice palabras sabias: déjalo ser.

Nadie la visitó mientras estuvo en casa, y nadie lo hizo después, mientras moría en el geriátrico. Nadie se importó por ella mientras estuvo viva, y ahora que murió, todos querían estar presentes.
A lo largo de toda la misa, con el cuerpo de su abuela delante, aguantó con todas sus fuerzas no llorar. No quería que su madre viera su dolor. Ya tenía suficiente. Pero no pudo resistirse cuando tuvieron que darse la paz entre ellos. Su vecina, el acompañante más cercano, abrazó a Katherine con fuerza. Katherine no estaba acostumbrada a recibir abrazos. Ni siquiera a un leve roce. Y eso superó todas sus fuerzas. Todas sus barreras se derrumbaron. Y volvió a llorar como una niña pequeña. ¿Cómo podía alguien resistir tanto? ¿Acaso era posible, o terminaría por morir ella de dolor?

Pensó en lo distintos que eran los funerales del mundo. En Estados Unidos podría estar en un campo verde, mientras el cura dice unas palabras. En un país asiáticos que no recordaba el nombre, un familiar debía romper los  huesos del muerto, o en la India, debían quemarlo y tirarlo al Río Sagrado. Y ella sin embargo, debía pasar una noche en vela, y vestir de luto.
No le importaba vestir de negro una temporada, pero el pasar una noche en vela tampoco serviría de ayuda.
Cuando llegaron a la empresa que incineraría el cadáver. Les dieron unos minutos a sus familiares más cercanos para despedirse mejor de su abuela. Su madre, padrastro, primas, y tíos, así como ella misma, tocaron el sarcófago. Katherine se demoró un poco más, mientras todos salían. No quería separarse de allí. No quería dejarla ir. No podría. ¿Quién la apoyaría ahora? ¿Quién le daría fuerzas? ¿Quién la haría reír de verdad? ¿Quién le daría cariño cada día?

Sus piernas fallaron y cayó en el suelo llorando. No podía más, no podía más.
-          Por favor, no… No me dejes. No aún.
Su prima pequeña escuchó su voz y corrió hacia donde estaba Katherine.
-          Katherine, Katherine…- acunó su cabeza entre sus brazos, arrodillada a su lado-. Ya está, cariño, ya está.
-          No, no  está. Fui tan mala con ella. ¡Por Dios! ¿Cómo pude hacer tanto daño sin darme cuenta?
-          No fue tu culpa… Cuidar a abuela cansaba. Ya está…-  depositaba dulces besos en su frente, pero Katherine ya no era capaz de sentir nada. Se había ido. Junto con su abuela.
Una vez más, Mireille le repitió que tenían que marcharse. El encargado se llevó el féretro. A su querida abuela…
¿Pero cómo podía ser su querida abuela, después de cómo la trató?
Pero eso ya no importaba. Katherine Newhile dejó de sentir todo. Y es que el dolor, cuando es por dentro, es mucho más fuerte.
,
Déjalo ser, déjalo ser,
Susurra palabras de sabiduría: déjalo ser.
Déjalo ser, déjalo ser,
Déjalo ser, déjalo ser,
Susurra palabras de sabiduría: déjalo ser.


<< Cuando mi voz calle por la muerte, mi corazón te hablará desde el cielo>>

sábado, 29 de septiembre de 2012

Dolor... Muerte. Siempre están ahí.


"No, no, no, no…" Pensaba la joven mientras corría hacia la penumbra del jardín. Su cabeza entre sus delicadas manos, sus ojos cerrados con fuerza mientras las lágrimas caían por sus mejillas con fuerza y propia voluntad. Sus pasos casi iban al mismo ritmo que las pulsaciones de su corazón, martilleándole su pecho sin piedad. De la misma forma, sentía cómo el dolor ascendía por su columna, apuñalándola una y otra vez. 
Cada segundo pensando en el mismo asunto: la muerte de un ser querido nunca era una buena noticia, ni podía darse de una forma tranquila sin causar pesar en el receptor. Dolía, a pesar de las buenas intenciones, y cualquier buena acción seguiría provocando el mismo resultado. O al menos el que siempre causaba en ella.
Recordó cómo su madre había corrido ese día al teléfono, con los nervios a flor de piel. Su voz temblaba cuando respondió por él. Se ahogó en un mar de lágrima cuando lo supo.
Se dijeron sin palabras la noticia, y aunque esa fue la forma en que peor había enfrentado una crisis, para su pesar, sintió por pocas fechas en su vida, que su mundo se derrumbaba de repente, sin avisar, sin pedir perdón, sin miedo. Sólo cayendo en medio de la nada, hasta lo más hondo y oscuro de su alma. Para minutos después sentir su corazón estallar en pequeños pedacitos esparcidos por su cuerpo, desintegrándose en el aire sofocante, cuando vio  a su madre corriendo hacia el coche y luego hacia el hospital.
¿Era de ella la culpa de ésa muerte? Se hizo la pregunta cuando se arrodilló al lado del lago, temblando por el sufrimiento. No, desde luego que no era culpa suya.
 A pesar de ver cómo se abuela envejecía en una cama prostrada, sin hablar, consciente de todo lo que le rodeaba. Contemplando la forma en que sus ojos, de un azul preciosos antes, se iban volviendo negros y oscuros, tristes y solitarios. Sus ganas de vivir mermaban cada día, pero ello no le impedía seguir luchando. Si de alguien era la culpa, no era solo de ella, sino de toda su familia. Pocos iban a visitarla, y cuando lo hacían, quedaban callados sin decir nada a una pobre mujer que no veía nada que no fuera una ventana y una televisión noche y día encendido. Siempre la encontrábamos mirando el reloj, desesperada por la llegada del que tenía que darle la comida o cambiarle el pañal. Nadie la sacaba al sol, nadie le leía un  libro. ¿Qué manera de vivir era ésa? ¿De dónde había sacado tanta fuerza de voluntad si cualquier otro se hubiera rendido ante eso? Los últimos meses de su vida los había pasado en un geriátrico, comiendo por sondas, echándole mentalmente reprimendas a Dios, y llorando cuando nadie creía que la veía. Ni siquiera la nieta que había criado se había apiadado. Yo odiaba ir a hacerle cosas. No hacía más que avergonzarse de ése comportamiento. Su madre pensaba que no le importa su abuela.
Se fue quitando la ropa a tirones, con sollozos desgarrados, quedando en una suave camisola de tela muy fina, formando una melodía triste y afligida mientras aspiraba aire por la nariz y ahogaba gritos. No quería ver a nadie, no quería hablar con nadie. Quería llorar sin miedo a que le dijeran nada, sin temor a ser descubierta, comportarse irracionalmente si así conseguía desahogarse.
Se intentó poner de pie, resbalando con la orilla y cayendo de cara al agua, sintiendo astillas en su piel, la manera en que su cerebro se colapsaba por el intenso frío y su mente se quedó sin energía para mantenerla atada a la cordura. Gimió con más fuerza, agarrándose a sus piernas, poniéndose inconscientemente en posición fetal. Escondió su rostro en medio de las rodillas, dejando sus nudillos blancos de la fuerza. Las lágrimas corrían por su cara. No había nadie que pudiera cambiar. Nadie que pudiera ayudar. El frío se acomodó en su corazón. Se convirtió en granito.
Y así permaneció durante horas enteras de la oscura y fría noche de invierno. Después, sólo hubo la nada.
********
Cuando Ilya encontró a Evie en el lago horrorosamente pálida, se asustó muchísimo. Corrió hacia ella, entrando de un salto en las gélidas aguas, temiendo por su vida.
-          Evie, cariño… ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?-palmeó con cuidado aunque de forma frenética el cuerpo de la muchacha, buscando una herida y las zonas más frías-, ¿por qué te has quitado la ropa? Respondeme, por lo que más quieras…
No escuchó ninguna respuesta a su pregunta. Sacudió el cuerpo una y otra vez, cada vez con más fuerza. Sus propias lágrimas, ocultas desde hacía tiempo, brotaron de sus ojos negros, cayendo con intensidad en la cara de la joven. Volvió a hacer la pregunta, pero el silencio seguía siendo el dueño de la respuesta. Ella se estaba muriendo, y él la estaba perdiendo para siempre.
Pegó su oído al pecho de ella. Su respiración era muy débil.
 - Por favor, Evie... No me abandones ahora que puedo estar contigo. Te amo.
Pero seguía sin ocurrir su milagro. Estrechó a su novia en sus brazos, llorando desconsoladamente. Apretando el cuerpo hasta más no poder, dando por seguro su perdición. Mientras el frío congelaba su poderoso cuerpo.
Sin embargo, llegó a entender unas palabras muy bajas, casi como si fueran un halo de esperanza.
-          Vete… Quiero estar sola, por favor.
-          ¿Piensas que voy a dejarte sola aquí? ¿Arriesgándome a perderte por una hipotermia? Antes loco que…
-          Se ha muerto, Ilya… ¿No lo entiendes? Se murió. Se murió y me duele muchísimo…
Sus manos rodearon a la pequeña, subiéndola en sus brazos y sacándola del estanque, colocándola sobre la tierra con cuidado y la arropó con su chaqueta, atrayéndola hacia él. Le regalaba su calor, y ella casi no oía lo que le decía debido al castañeo de sus dientes entre sus labios morados.

-          Evie, sabes que siempre me vas a tener de tu lado, siempre: a mi, a Óscar, a Erika, a Esther, a tu madre y tu hermano… A todos tus amigos y familiares. No quiero que te vayas sin decirme nada, sin decirme a dónde, pero si lo necesitas, si de verdad lo quieres, te dejaré ir. Yo, si te soy sincero, no quiero que te marches que nos dejes, espero que lo pienses mejor o no sé... Ahora que volverá Esther, que ha vuelto Martina; podremos echarnos unas risas al estar juntos. Besarte y amarte, sé que se hará igual en una ciudad u otra pero preferiría que te quedaras. Te amo mucho nena, eres una persona muy especial para mi, aunque algunas veces me cabreo, o te irrito, o te cabreas tu conmigo…Lo nuestro no lo rompe nadie, así que no creas que podrás escapar tan fácilmente de mí cuando más lo necesites, porque será cuando más intente estar para ayudarte.
-          Dios… ¿Por qué me dices estas cosas ahora? ¿No ves que me haces llorar más?
-          Porque sé que ahora es cuando las tomarás enserio de verdad.
-          Calla ya... Llévame lejos de aquí, por favor… Si mi madre me encuentra no quiero escucharla. A ella ni a sus reprimendas...
-          Te llevaré hasta el fin del mundo si hace falta, cariño mío.