sábado, 18 de enero de 2014

Goodbye my lover


Siempre la habían considerado una marginada social. Solamente porque prefería alejarse en sus momentos de tranquilidad, en busca de un buen libro que leer, o una canción que escuchar. Muchas trataban de no hablarle, evitando cualquier gesto amistoso por miedo a recibir su rechazo… Muchos otros ni siquiera la miraban con respeto, a sus ojos, ella merecía mucho menos. Su timidez era confundida con arrogancia, su miedo parecía indiferencia… Y sus objetivos eran similares al odio universal.



Llegó a pensar que nunca encontraría a nadie adecuado para ella. Creyó fervientemente en la inexistencia del amor… Hasta que decidió mandar todo al olvido. Y fue la primera vez que comenzó a vivir realmente.
Ya en sus primeros años de universidad viajó por toda la Península Ibérica, conociendo a mucha gente distinta, disfrutando de la cultura medieval que inundaba al país. Y en una de esas grandes y maravillosas comunidades, conoció a Alistair. Joven alto, ancho de espaldas y musculoso de piernas, de rasgos marcados y mirada penetrante, moreno en piel y ojos marrones mezclados con un verde oscuro.

Nunca lo vio como algo serio, sabía que sólo llegarían a un affair durante un tiempo indefinido. Pero bendito tiempo era el actual.

Buscó en el armario de Alistair una camisa larga que consiguiera taparle hasta la mitad de los muslos, mientras el joven en cuestión permanecía acostado cuán largo era sobre la cama revuelta, un brazo por detrás de su cuello, manteniendo su vista fija en ella.

Catherine se movió nerviosa por la estancia, acariciando distraídamente la cabeza de uno de los perros que la seguía fielmente.

-          ¿Puedo saber qué te pasa, Cat?- dijo su amante desde las sábanas. Al volver la vista hacia él, se dio cuenta de lo que realmente parecía: un Dios griego, un perfecto Dios que haría temblar al mismísimo infierno. Pero no podía dejarse llevar por sus sentimientos, aún tenía sueños pendientes por hacer antes de enamorarse.

-          No, cielo. Sólo intentaba recordar algo…- su explicación no parecía ser suficiente para él. Levantó su cuerpo y se plantó delante de ella, imponiéndose como un rey.

-          Siempre te he considerado como un halcón, Cat. Una criatura  feroz,  hermosa y solitaria que vuela fuera del alcance de los demás, mirando el resto del mundo desde la distancia, cuyos pensamientos más íntimos sólo el viento conoce. Y me da muchísima pena no poder ayudarte cuando te ausentas de esa forma.

-          ¿Qué soy, Al?- su deseo por saber qué pensaba de ella resultó más poderoso ahora que tenía la posibilidad de alcanzar una verdad vedada desde pequeña. ¿Sabría él qué le pasaba de verdad? ¿Podría ayudarla?

-          Bueno… Eres una chica solitaria o ni tan solitaria, amas los mundos de fantasía. Por eso me gustas, para mí eres distinta… Sólo tú sabes maquillarte el alma con letras.

-          Pero, ¿qué soy para ti?-quiso saber ella. Él dudo en responder.

-          Para mí eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo, y lo sabes.  Pero no puedo decirte las palabras que quieres escuchar, y sé que tú tampoco quieres hacerlo ahora. Pero estoy seguro de que lo que siento por ti, irá en aumento, porque nunca podrá terminarse ni menguar su poder.

-          Sí, tienes razón. Aún tengo muchos objetivos que cumplir, muchas cosas que hacer… Y no podría hacerlas si tú estás a mi lado.

-          Lo sé, y yo te esperaré aquí. Te buscaré hasta el final del mundo.

-          Gracias, gracias de corazón por entenderme…-susurró ella contra sus labios, guardando cada último segundo que pasaba con él, sintiendo en su corazón cómo le echaría de menos. Y por un momento, deseó no marcharse y renunciar a todos sus sueños.

-          Sólo quiero que nunca te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se esconda y se calle el viento; aún debe haber fuego en tu alma. Aún debe haber vida en tus pasos.

-          Lo recordaré siempre- y no volvió a dudar en su decisión. Minutos después salía del baño preparada para partir.


¿Pero estaría renunciando a algo pasajero, o al verdadero sueño que buscaba?

Cut your life


-          Cariño mío, te tengo un pequeño regalo- susurró su abuela desde una esquina de la habitación. Katherine se sentó delante de ella, en un pequeño asiento.
-          ¿Qué es, abuela?- inquirió la pequeña niña. Su abuela le depositó en la mano un colgante de plata, con una piedra azul.
-          Es un colgante, mi niña. Algo elegante, quizás un poco discreto, pero sin duda alguna, hermoso. Es como tú, vida mía. Eres discreta a simple vista, tan tímida y con tanta inocencia... Pero cuando se te conoce bien, se nota la gran hermosura que posees. Eres una joya, una piedra preciosa que nadie se atreverá a tocar.

La pequeña Katherine no supo qué contestar a la confesión de su abuela. ¿Ella hermosa? ¡Si casi ni podía soportar verse al espejo!

Fue al cabo de varios años cuando descubrió la verdad de aquellas palabras. Cuando su abuela murió, y ella se vio sola en un mundo de maldad.
No imaginó que un colgante pudiera darle tanta seguridad, y tanta tranquilidad cuando lo llevaba puesto. Era totalmente distinto. Fue una oportunidad se seguir viviendo, tras la muerte de su abuela. Una razón.
Era lo primero que se ponía por las mañanas, y lo último que se quitaba en la noche. La acompañaba a todas partes, y más de una vez creyó en los poderes mágicos que su abuela tanto le recordaba.

 Quizás fuera verdad.

Su abuela decía que los sueños eran, para cualquier mortal, recuerdos de otra vida… Pero para nosotras, ella y yo, los sueños eran un viaje en el tiempo. Un viaje del que no pensábamos con total claridad, y al despertar en un nuevo día en nuestra habitación, sólo recordábamos pequeños retazos de esos momentos. Sólo porque no teníamos consciencia absoluta de esos momentos maravillosos.


Sin embargo, en su caso era diferente. Por más que su abuela dijera y jurara que ella viajaba en el tiempo, sólo podía recordar emociones, sensaciones de dolor, de pena y de tristeza. De ahí que al despertar, su almohada estuviera empapada. 

Cambios


Ella no era como las demás; fue el primer pensamiento que vino a la mente de él cuando la vio. Era preciosa. Su pelo rizado, corto y marrón oscuro estaba perfectamente colocado detrás de sus hombros, sus ojos cerrados, su definida barbilla apoyada sobre el violín, su boca tornada en una suave y relajada sonrisa. Su cuerpo se movía al tempo del ritmo, y las notas fluían de sus dedos, arrancadas por su arco. Era bellísima, más incluso de lo que habían sido sus últimas amantes.
Estaba a solo cuatro pasos de ésa pequeña mujercita. Cuatro pasos que se tornaban mil años de distancia para poder tocarla. Se moría por hablarle. Se aseguraba a sí mismo que la voz de ella debía ser delicada, como si de una flor se tratase, sensual. ¿Quién es? ¿Dónde vive? ¿Estudiará o trabajará? ¿Qué edad tendrá? Miles de preguntas sin respuestas que deseaba hacer. Un encuentro mágico, por más que se negaba a pensar en la coincidencia de encontrarla. Creyó por un segundo que ella podría ser suya; podría preguntar su nombre y buscarla en una red social; podría preguntarle a ella misma su nombre, o incluso preguntarle a su compañera de atril; podría preguntar al director que debía de conocerla bien, o presentarse y hablarle valientemente. Pero ¿cuándo podría hablarle? En mitad de este concierto sería imposible.
El concierto. Le habían dicho el día anterior de asistir, tocar las diecisiete partituras de los dos musicales y aguantar un bis. No había tenido ganas de salir de su casa. No había querido estar obligado a asistir y por ende, tocar hasta altas horas de la noche. Pero algo le impulsó a ir. Algo dentro de él le gritaba con todas sus fuerzas que debía ir, que allí encontraría algo fuera de lo común. Puede que no se hubiera equivocado, pero sólo podía demostrarlo de una forma, conociéndola. ¿Por qué estaría tan seguro de que era ella la razón de su asistencia? No tenía forma de indicarlo, sólo podía dejarse llevar por sus emociones. La adrenalina que el momento provocaría. La impaciencia por leer sus expresiones en su rostro, y así poder probar sus teorías con respecto a ella.
Ya sólo le quedaban cuatro canciones para el descanso. Habían terminado la dos primeras, y mientras, en su mente, sólo estaba ella y su gran sonrisa.
Su compañera pelirroja le susurró algo, y la joven misteriosa se rió por lo bajo. Sus mejillas se subieron, mostrando un ligero rubor, su vista se achinó, y una sonrisa torcida iluminó su cara de ángel. Al contrario, se equivocaba. No tenía cara de ángel. Un ángel no reiría sin preocupaciones, ni tendría movimientos tan libres. Un ángel sería demasiado bueno como para fijarse en él. Un ángel tendría miedo de aventuras, ella no parecía tener miedo a vivir las opciones imprevistas que le ofreciera la vida. Hubo un momento en que a él le pareció sentir que le miraba. Sus ojos habían chocado,  a él se le paralizó el corazón de golpe.
***


-          Madre mía, ¡qué guapo es!- le susurró Mariane a su compañera y gran amiga Jessica. Ésta la miró inquisitiva.
-          ¿Por quién andas suspirando?
-          ¿Ves el joven que está detrás de Álvaro? Es el único que toca la trompeta. Camisa negra desabotonada, pelo cargado y negro, sin gafas, cara más o menos afilada…
Jess giró su cabeza lentamente, simulando que se colocaba el pelo hacía atrás. Figuró al chico entre los trombonistas. Sin duda, tenía atractivo. El joven, de al menos veinticinco años, tenía la piel morena, con un ligero asomo de barba. Simulaba un chico muy seguro de sí mismo y reservado, quizás con algo oculto, pero sin duda, guapo.
-          Te gusta ¿eh?- le recriminó a su amiga.
-          Mucho, pero no va a haber nada- declaró muy consternada. Su vista se entristeció, apagando el brillo de sus ojos. La sonrisa se borró muy rápido de ella.
-          Eso tú no lo sabes. Pero no te preocupes, cuando aparezca, sabrás que es él. No tengas prisa.
Mariane. Su pequeña y linda Mary. ¡Cuánto miedo había tenido que entrara en depresión por su ruptura con su antiguo novio! Sin embargo, ella se había levantado de la tristeza con fuerzas renovadas, lista para continuar con su vida, sin miedo, abierta aún más al amor, con nuevos sueños y esperanzas. Era toda una luchadora, aparentemente seria y reservada, pero en el fondo muy dada a mostrar cariño, divertida y demasiado madura para su edad. Puede que eso fuera lo que la llevó a sufrir acoso escolar de pequeña. A lo mejor eso mismo fue la causa de su distanciamiento con amigos, dudas hacia dónde ir, cómo ir y con quién. Pero a ella no consiguió eliminarla así como así. Aún, después de tantas rabietas, seguía apoyándola, demostrando que  el mundo daba buenos amigos, y repitiéndole que ella llegaría muy lejos. Sólo había que observarla detenidamente para que uno se diera cuenta de la gran fortaleza y valentía que poseía. Era más que inteligente, era muy amable con los que le hacían daño. No quería venganzas, eso llevaba a más odio y dolor. Perdonaba, y seguía con su vida. Daba una oportunidad, pero no permitía que ésa misma persona que le afligió dolor, volviera a su vida. Aunque con su madre hizo varias excepciones en su momento. Y otras miles con su padre. Aún, después de todo lo pasado, ella seguía manteniéndose firme en sus metas y sueños. Sin que nadie la moviera de su determinación.
-          ¡Oh, Dios mío! Creo que me ha mirado…- ahogó una exclamación antes de ponerse recta y colocar bien su violín, dos manchas rojas colorearon sus mejillas.
-          Aprovecha para sonreírle mujer. Que sepa cómo han chocado vuestros ojos.
-          ¿Estás loca? ¿Y si no me miraba a mí? Haría en ridículo.
-          Bueno… Si te pregunta más tarde si le sonreíste, dile que no era  a él, sino a otra persona.
-          Definitivamente, estás muy loca.
Sin embargo, permaneció atenta al joven. Más cuando ella creía que él no la miraba, Jess comprobaba lo prendado que parecía estar él de ella.
El director llamó la atención de los músicos, preparándolos para la siguiente obra.
Su amiga colocó su violín en posición, y en cuanto empezaron, Jess vio de reojo cómo el trompetista miraba asombrado a Mary.
Tendría que hacer algo para que ellos dos intercambiaran palabras. No tenía dudas.
***
<> Pensaba para sí mismo mientras la volví a contemplar.
El polo negro que llevaba se le apretaba al pecho, adivinándole unos encantos muy favorecedores. Su cintura no pertenecía a la de avispa que llevaban todas las chicas de su época, al contrario, era ancha, pero tampoco era gordita, solamente un poco entrada en carnes, aunque eso hacía resaltar su belleza. Prefería eso mil veces, a unos huesos que se le clavaran en el cuerpo. Ella era abundancia de lo que a muchas otras les faltaba. El ejemplo más claro eran dos violinistas sentadas delante de la Venus. Dos rubias flacas, escuálidas, sin encantos, serias a más no poder… Sin duda, cuerpecitos que le causarían daño en el cuerpo y en la mente.
-          ¡Esto sí es gracioso! –comentó el trombonista a su lado.
-          ¿Qué pasó?- preguntó otro chico de la fila.
Mientras tanto, Robert buscaba con la mirada a su Venus ahora desaparecida.
-          Una de las violinistas ha salido corriendo. Creo que es la que va a cantar.
Ese comentario atrajo inmediatamente su atención, y dijo su única frase desde el inicio del concierto:
-          ¿La violinista sentada al lado de la pelirroja?
El hombre le miró sorprendido, como si no hubiera esperado escucharle hablar en todo el encuentro. No sintió ninguna emoción con respecto a la sorpresa del otro, no esperaba otra cosa, pero no soportaba que no le vieran capaz de algo. Eso sería infravalorarle.
-          Ésa misma.
-          ¿Y qué cantará?- preguntó Robert, impaciente por obtener respuestas muy ricas en información sobre ella.
-          No lo sé, pero me dicen que canta mucho mejor que todos los demás. Nunca la he escuchado.
-          Seguro será así.
El piano comenzó a tocar una melodía, muy conocida: The Winner Takes It All de Abba. Al segundo apareció una figura menuda en el escenario, cogiendo nerviosa el micrófono, y esperando la señal del director. Se veía tan vulnerable allí arriba, que le dieron ganas de salir a darle consuelo.
Ella comenzó a cantar. Y el pudo comprobar que sus conjeturas no iban muy desencaminadas. Era cierto que su voz era serena, tranquila, pero denotaba en ella una fuerza, una resistencia, una firmeza y aguante que hacía tiempo no veía en una mujer. Parecía ser una Venus muy briosa, tenaz, constante, de ése espécimen que siempre se esfuerza en conseguir lo que quiere, con algo de sensatez, pero con esa misma mezcla de locura que tanto le enloquecía.
Era impresionante escucharla. Sus pelos se habían puesto de punta, incluso su compañera la miraba asombrada. ¿No se lo esperaban? Ella mostraba entereza en el escenario, estaba segura de lo que hacía, sentía la melodía, las palabras de la canción, se notaba el dolor del significado.
-          The winner takes it all... Idon’t wanna talk, ‘cause it make me feel sad, and I understand.
Vislumbró una lágrima que caía de su mejilla. Y justo cuando pensó que no podía continuar con la canción, ella sacó fuerzas de flaqueza e hizo un agudo brillante que incluso tuvo que rebotar fuera del auditorio. Se movió por todo el escenario, mientras su pelo era movido por la ligera brisa de las ventanas del techo, así como su cuerpo fluía con la música. Ella sentía la música. Se movía con elegancia aún cuando debería ser lo contrario. Se entregó al completo, y aunque lo intentaran, sería muy difícil superarla. Sonrió satisfecho de que su Diosa fuera tan maravillosa.
-          Alucinante…-susurró el joven del al lado.
-          Ésa sí que es una voz prodigiosa.
***
“¡Qué vergüenza!” Pensaba la joven para sí misma. Era su tercer concierto cantando delante de tanto público y aún no sabía cómo afrontarlo. La misma energía de siempre, ése sentimiento de mariposas en el estómago, el cual le encantaba sentir. Sentía nervios por si lo hacía mal, pero eso no tenía importancia con respecto a su cuerpo relajándose, su ser apasionado, las palabras deslizándose en su voz, traspasando todas las fronteras que le impedían cantar delante de un público.
No tenía miedo, si se equivocaba continuaría sin temor, disfrutando de la experiencia de cantar en un teatro como aquél. Si ésta vez no le salía vez, volvería a intentarlo con más fuerzas, sin desistir, sin rendirse. Ella pondría sus límites y la timidez no sería uno de ellos.
Contempló los distintos asistentes a medida que las luces se apagaban, dando lugar a un tenue resplandor amarillo. Cada uno era totalmente diferente: unos la miraban con el ceño fruncido, dispuestos a analizar la forma en que cantaba; otros esperando sorprenderse; algunos tecleaban en el nuevo móvil de moda; pocos lograron fijarse en ella, mientras contemplaban el Power Point creado por la profesora de canto. En él aparecían distintas imágenes del Musical de Brodway “Mamma Mia”: Meryl Strep cantando bajo un ventana azul “Money Money”...
Y allí estaba ella, distante  a ser reconocida mundialmente por su voz, dispuesta a comerse a cada uno de los desconocidos con su amor por la música. Y si no podía, al menos saborearía  la oportunidad.
Los primeros sonidos del piano comenzaron a nacer, delicadamente, como si de un despertar se tratara. Esperaba la señal acordada con el director para comenzar su actuación, aunque no le hacían falta. Conocía la composición a la perfección. Había nacido con parte de esas canciones como banda sonora de su vida, sería difícil olvidarlas a ellas y a todos los recuerdos que las acompañaba.
Se acercó el micrófono a los labios. Respiró hondo, fijó su vista en el hombre principal, entendió su mensaje y cerró sus ojos…
Entonó las primeras frases de la primera estrofa. Intentó hacerlo tranquila, sin que temblara su voz. Relajada. Llevó su mano al corazón, notando las miles de pulsaciones de él. Sin apenas darse cuenta su cuerpo empezó a estremecerse por el placer que le producía la melodía.
Los violines promovieron la armonía, y ella se deslizaba por el espacio impulsada por la delectación. Sonaban tan delicados, tan especiales… Tenían un sonido único, elegante. El ser de los más difíciles de tocar no les restaba encanto. Pocos apreciaban su verdadero potencial. Tantas formas de tocarlo, de acariciarlo. Tantas formas tenía uno de manifestar sus sentimientos que era difícil no intentarlo al menos. El violín era como ella. Consumado en el Barroco, como uno de los instrumentos simbolizantes de la mujer con curvas, fino, aristocrático, diferenciado de todos los demás. Y así era ella, o le decían de ser: distinguida, un poco entrada en carnes, pero lindísima de cara, una señorita con forma y carácter. Un espécimen muy distinto de su época.
Abrió los ojos, notando de forma intensa la mirada de alguien en su nuca, provocándole un ligero cosquilleo. Intentó dar educadamente su espalda al público, buscando a aquél dueño de su intranquilidad. Estudió la cara de sus compañeros violines, todos estaban en su labor de continuar el tema; los saxofones concentrados en la siguiente partitura… Algo la estimuló a mirar al joven trompetista de antes, aquél que hubo inquietado su ánimo ésa noche. No se equivocó. La estaba examinando lentamente, con deliberado desparpajo e insolencia. ¿Qué se creería para mirarla de tal forma? Giró su cuerpo con el suficiente intervalo de tiempo para coger aún más aire y hacer el agudo de “The Winner Takes It All”, aplicando una chispa de su cosecha. En cuanto emprendió el estribillo de nuevo, los saxofones y la guitarra eléctrica entraron con fuerza, al igual que un trombón y la batería. Cambiaron la tristeza sublime de la música para convertirla en un dolor más agónico. Incluso sintió cómo la atravesaba la fuerza de todos y cada uno de ellos. Llamando la atención de todos aquellos que no habían fijado su vista en ella. Había funcionado.
Se permitió recordar, en un brevísimo lapsus de tiempo, su niñez. No fue como la de los demás niños. Fue complicada y espinosa. Una ardua tarea de sobrevivir para una niña de tan corta experiencia. En apenas un ocho años de haber nacido, las chicas de su clase le decían todo tipo de palabras crueles… La culparon de actos que no había cometido, le imponían horas de castigo por cosas que no tenían su nombre, le pegaban, y se había mantenido callada porque… Realmente no sabía por qué. Esperaba que pudiera cambiar con el tiempo, que se aburrirían y la dejarían en paz. Ingenua de ella al no darse cuenta de cuán interesante puede resultar para un alumno, hacerle la vida imposible a alguien inferior. No le dieron día de descanso… Noches llorando sola, negándole a su madre las marcas y roturas de su ropa y cuerpo.
Una lágrima rebelde se deslizó por su mejilla. Aún le dolía recordar. No era más que un signo de lo poco que tenía superado ese período. Se suponía que el pasado no debía interferir en el futuro, pero por más que lo intentara, le era imposible olvidar todo lo sufrido para seguir con una vida, sin saber a dónde iría, con quién, o cómo. Y era en ése mismísimo instante en el que el miedo se apoderaba de cada fibra de su ser, le impedía respirar, no le dejaba pensar ni sentir, excepto un dolor ahogado, interminable, que siempre estaba al acecho de hacerle daño y recordarle sus miserias. Se veía sin nadie que la apoyara, que le abrazara con fuerza y le recordase que todo era pasajero… Se veía sumida en total soledad, sin poder hacer nada más que llorar en total aislamiento.
Ya había terminado su canción, así como iniciado el descanso del primer musical, cuando ya estaba saliendo de la escena, aguantando las demás lágrimas, corriendo hacia la terraza. En cuanto salió de la vista de los técnicos dejó escapar cada una de los sollozos contenidos. Subía los escalones lo más rápido que sus piernas poco entrenadas le permitían. Abrió la puerta y la cerró con fuerza. Captó el viento soplando en su cara, apenas unas gotas de lluvia caían. Tenía el tiempo suficiente para resituarse  y volver a estar firme. El tiempo necesario para que nadie notara sus lágrimas.
Se apoyó contra uno de los muros laterales, contemplando la inmensidad de la ciudad llena de luces a su alrededor, expandiéndose más adelante. Apoyó su cabeza en el frió bloque, llorando y lamentando su suerte.
¿Cómo podía la vida hacer tanto daño a alguien, y esta persona seguir adelante como si nada? Esos hechos permanecían en uno, quisiera o no. Era difícil borrarlos. ¿Pero había forma de vivir con ellos en paz? ¿Sin llorar casi todo momento? ¿Sin sentir la necesidad de ser el centro de atención de quiénes más quería? ¿Era normal acaso tener tantas dudas de su existencia? ¿A dónde iría cuando no pudiera más? ¿Y cuándo terminase el Bachillerato, qué estudiaría? No sabía cómo continuar en esta vida que apenas comenzaba.
***
¿Dónde estaría la joven? ¿Por qué salió corriendo? Lo había hecho de maravilla, todo el mundo se puso de pie para aplaudirla, incluso gritaron bravo, pero ella ya había desaparecido. Varios hombres a su lado comentaron que pudo ser por los nervios, sin embargo el dudaba de que eso fuera verdad. Algo le pasó mientras cantaba, y eso no eran nervios.
Siguió la misma dirección que ella debió de seguir si se sentía mal, con ganas de estar sola. ¿A dónde iría él? A cualquier lugar que no fuera nadie en una noche tan fría. ¿Y cuál podría ser ése lugar alejado? Las escaleras estarían ocupadas, los baños de los camerinos repletos de gente, el exterior del conservatorio también, el único lugar decente…Era la terraza del lugar. Tres plantas más arriba. Si corría un poco, con suerte la pillaba sola.
Subió los escalones de dos en dos, espoleado por la acuciante necesidad de darle apoyo, abrazar a ésa pequeña chiquilla que debía sufrir en silencio.
Llegó a la puerta, inspiró todo el aire que pudo, comprobando que nadie más le seguía, adentrándose en el salvamiento de la joven.
A primera vista no la encontró. Lo único que atisbó fueron varios muebles dispersos, y alguna que otra planta tirada por la brisa. Escudriñó mejor, sintiendo dudas de si realmente pudo haberse equivocado, y ella podría haber estado en uno de los baños escondida. Pero no la creía capaz de eso. No se expondría a la burla estando allí.
Cerró la puerta tras de sí, en silencio, escuchando unos leves gimoteos desde un lado de la puerta. Caminó hacia el balcón más cubierto. Halló a su Venus estrujando sus rodillas en su rostro, ocultándolo.
No sabía si decirle algo o permanecer callado. ¿Qué hacía alguien en esas ocasiones? Él no sabía que le ocurrió, así que optó por guardar silencio.
Se sentó a su lado, lo más cerca que pudo de ése frágil cuerpo. Pasó una de sus manos alrededor de la espalda de ella, atrayéndola hacia sí mismo. Apoyaba su cabeza en la de ella, y la de ella en su hombro. Su otra mano acarició su hombro derecho en círculos.
-          Ya está, pequeña- le susurró contra su cabello. Ella siguió sorbiendo por la nariz, aferrando con fuerza la blusa negra de él, intentando balbucear unas palabras-. Shh… No digas nada, desahógate.

Sus palabras parecieron un bálsamo, pues empezaron a disminuir las lágrimas y las convulsiones del cuerpo de ella. Su cabeza se elevó a la misma altura de la del. Él pudo apreciar el marrón oscuro predominante de ellos y el color miel claro que atravesaba cada pocos milímetros ése fondo. Unas pequitas pintaban su nariz y mofletes. Sus labios eran aún más jugosos y sensuales de lo que había imaginado. Sintió la acuciante necesidad de besarla. De hacerle ver lo bella que era. Pegarla más a su cuerpo y sentir cómo se acoplaban el uno al otro.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Reminiscense


Está comprobado. La vida no es más que una sucesión de hechos repetidos, un círculo vicioso por el que pasas siempre, da igual en que aspecto de él nazcas, pero a medida que vas creciendo, pasas por cada una de sus distintas situaciones.

Soledad: te das cuenta de que realmente estás tú solo en el mundo. Nadie puede comprenderte como tú, nadie puede ser fuerte por ti, y tú eres tú único chaleco salvavidas. No puedes confiar en nadie, no puedes querer, no sientes… no vives.

Desesperación: llegas al fondo de todo, y te vuelves loco por poder salir. No ves solución a nada, todo está negro. No hay lucecitas mágicas, ni ángeles, ni dioses que te ayuden. Estás solo tú y tu mierda de vida, tu mierda de existencia sin salida.

Esperanza: de repente todo comienza a ir bien. Una luz se abre camino desde tu alma. Lo desconocido empieza a tomar forma y nombre, nacen nuevos sueños, nuevas fuerzas de flaqueza. Te ves capaz, dentro de la dificultad, de conseguir lo que quieres. Y por un breve tiempo, esa esperanza, eres rayito de luz en tu atormentada cabeza, es poder suficiente para alcanzar la felicidad.

Felicidad: nuestro sueño cumplido, nuestra vida realizada, nuestro mejor momento experimentado. ¿Qué más puedes pedir? Estás feliz, todo sale bien, todo es como has soñado y no quieres que cambie. Estás rodeado de amigos, de personas que te quieren, de chicos que te adoran, un novio que te ama, relaciones perfectas… pero basta que pienses en algo negativo para que todo caiga… Y vuelvas al principio.

Soledad.

Desesperación.

Esperanza.

Felicidad…

Yo estaba feliz. Pensaba en lo feliz que sería de ahora en adelante, en lo bien que me salía todo… Pero bastó un comentario mal dicho para que todo cayera en picado. Y ahora vuelvo a estar en la primera etapa de todas, la soledad. Pero no es ella quién me da tanto miedo, porque la conozco desde que nací, he aprendido a lidiar con ella, soy fuerte para permanecer ahí. No… Lo que más miedo me da es lo que viene después, la completa oscuridad, la Nada de la que parece imposible escapar. El sentimiento constante de impotencia, el daño continuo a tu cuerpo por sentir que estás viva, el machaque mental de que no vales nada. Aguantar que todo sale mal, que nada sea como quieres, que nada sale bien, que nada… que nada… 

A eso sí que no estoy acostumbrada, y creo que nunca podría estarlo.

Un desaliento constante, dolor absoluto… deseo perpetuo de que alguien te salve.


Pero no hay nadie. Sólo estás tú, y el dolor. Y sólo te queda seguir soportándolo.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Life and death... Lady Catherine Newhile


Recuerdo cuando era pequeña, y mi madre acostumbraba a decirme “no confíes en nadie”. No te dejes llevar por los sentimientos, contrólate… o podrás llegar a perderlo todo. No muestres tus sentimientos, no te encariñes con nadie, no busques amigos porque siempre te traicionarán.
Y así he vivido toda mi vida, y parece que el destino se puso de acuerdo con mi madre para recordarme esas lecciones.

Tengo un novio. Un chico maravilloso pero con sus defectos. Confío en él, le quiero y ansío poder estar con él algún día… si no fuera porque él no parece tener aspiraciones en la vida, y yo tenga el deseo de volar tan alto como mis alas puedan soportar. Él prefiere ahora una vida tranquila, y mi sueño más suave es recorrer el mundo probándolo todo.
Ahora lleva varios días sin conectarse, y eso me pone muy triste, porque para mí, un novio es alguien que debe estar ahí siempre, que te quiera y te mime, que te salude o te deje un mensaje en la noche y en la mañana… pero él no está. En su lugar hay amigos. Amigos simpáticos, graciosos, cariñosos. Chicos con los que hablo todo el día y de los que no me quiero encariñar, porque al final me harán daño.
Son chicos bromistas, divertidos, pícaros… Son chicos que podrían conquistar el corazón de cualquier otra chica, y sin embargo yo soy la tonta que siempre piensa en cómo estaría con ellos. Me confío, les hablo aún sabiendo que no me podré controlar, bromeo… y entre broma y broma surge algo nuevo. Más ganas de hablarle, de ser su centro de atención, de ser querida. Y ahí vuelve a aparecer mi madre “no confíes en nadie, no te encariñes, porque saldrás herida”. Entonces busco algo que me aleje de ese cálido sentimiento, de ésa tranquila felicidad. Huyo, huyo a mis sombras, a mi interior, a mi corazón helado… esa piedra marchita y triste. Pero me quedo más tranquila. Ellos no saben por qué me alejo, no saben por qué dejo de hablar, o por qué paro las bromas. No lo sospechan, porque apenas me conocen, apenas notan un cambio en mí.
La chica que antes hablaba siempre por el chat, pasa poco a poco, casi inadvertidamente, a ser la joven que responde con una sonrisa falsa y una mirada vacía a las bromas de sus amigos; luego soy la adolescente que mira por la ventanilla cuando nadie se da cuenta de ella… y finalmente, soy de las que dejan una nota de despedida. Una breve carta, general para todos, en la que mezclo sentimientos y palabras sin sentido, en la que me dejo llevar a otra dimensión… una dimensión donde mi paraíso de flores y color, se vuelve blanco y negro, marchito corazón. Y ellos apenas se dan cuenta. Porque yo soy la niña que siempre ayuda a todos, sin pedir nada a cambio; la que escucha los problemas de los demás, pero luego nadie está ahí para escucharla a ella; la que oculta lo que siente para que no lo usen en su contra, no la conozcan; la que guarda sus sentimientos e impotencia bajo siete llaves, la que guarda su corazón de todo lo que pueda causarle el mínimo daño; la joven, que aunque no lo quiera, llora por dentro y por fuera sonríe como si no ocurriera nada… porque cuando le preguntan cómo está, ella sigue respondiendo “bien, todo bien” y una nueva parte de su alma vuela… buscando el alma de alguien mejor, alguien feliz y fuerte…

Porque mientras su luz se apaga, y nadie se da cuenta, ella se va. Para no sufrir. Porque, el hecho de ser la buena chica que reparte entretenimiento, dinero, o ayuda a los demás, no quiere decir que sea siempre la chica fuerte que aparenta. A veces, sólo necesita que alguien insista un poco más en su pregunta de “¿estás bien?”… A veces sólo necesita que le digan “relájate… deja que yo me preocupe por ti… ya has hecho suficiente preocupándote por los demás, deja que yo cuide de ti… deja que te proteja… todo saldrá bien”. Pero nadie dice nada nunca. Y esa pequeña Cathie se hunde en un mar de rostros felices, rostros desconocidos, ajenos a la única realidad de ella. Porque a pesar de aparentar ser fuerte… ella cae como una pluma al barro, sin dudarlo… sin quererlo… sin poder evitarlo, preguntándose si a alguien le importa realmente, si alguien la echará de menos, si alguien lucharía por ella
.


Y vuelve a lo que ha sido siempre, la chica invisible… de la que nadie sabe nada, ni quieren saber. La chica invisible que pasa desapercibida incluso para el más observador… la chica invisible que nunca es vista, pero si aprovechada por los listos para conseguir cosas. La chica invisible que se rinde, y deja de luchar, por no ser herida. Y resulta que su mayor culpa, su mayor herida, es ella misma. Una chica invisible…

viernes, 13 de septiembre de 2013

Letras y sentimientos

Cuando lo pasas mal, escribir se convierte en tu forma de escapar. Escribes para llorar, para reír, para recordar, o para olvidar. Escribes para desahogarte, para hacerlo llegar a más personas, para ayudar, para explicarte. Es en esos momentos que a tu mente no le importa seguir despierta hasta las dos de la mañana, escribiendo como una posesa sobre el teclado, derramando alguna que otra lagrimilla, pero haciendo lo que más amas: escribir.
Cuando todo va bien, no sientes esa necesidad de plasmarlo todo. Olvidas cada mal momento y pasas a centrarte en lo bueno, en esos nuevos sentimientos y experiencias que se despiertan en ti. Pasas de escribir, queda relegado a un quinto, o último lugar, y no te arrepientes.
Pero yo me veo en una encrucijada. Amo escribir, expresar lo que siento, y demostrar con letras lo que mi boca no puede expresar… Pero me gusta ser feliz, conseguir mis sueños y vivir mi vida.

¿Qué haces cuando tienes que elegir entre lo que más amas, y lo que más ansías? ¿Te rindes a lo que te gusta, o permaneces en la transición a la felicidad? ¿Esperas a que el círculo de la vida se vuelva a repetir, o rezas para que no haya ninguna recaída?

¿Y si pasa tanto tiempo que llegas a olvidar cómo se escribía? ¿No llevaría eso a la muerte personal de cada niño dentro de nosotros? ¿No sería esa más profunda pena que una leve recaída de la que seguro nos levantamos?


Sólo sé una cosa: si pierdo mi soporte… perderé mi mundo. Y ese es el peor precio que puedo llegar a pagar.


lunes, 24 de junio de 2013

Q'est la vie?



Hace años su institutriz le hizo una pregunta muy sencilla: quería saber de dónde procedía tanta gente sola. Catherine sigue pensando en su respuesta: “Y aún la mantiene. Ignoramos a nuestros amigos y a nuestras familias para poder salvar a los amigos y las familias de los demás, de tal forma que al final lo único que nos queda somos nosotros mismos, y nada en este mundo puede hacerte sentir más solo.  Otra opinión que la mantenía en eterna contradicción era la del inglés Jhon Don; él pensaba que nunca estábamos solos... claro que... no puedo compararme a él. El hombre no es una isla, es un continente. Lo de la isla quería decir que todo el mundo necesita a otra persona para apoyarse, para saber que no estamos solos. ¿Y quien dice que ese alguien no pueda ser de una persona muy distinta a nosotros? Alguien con quien jugar o con quien correr o con quien simplemente estar.”


Ella continuaba pensando en sus recuerdos, en las distintas lecciones que a prendió durante su niñez y adolescencia que olvidó la hora. Estaba despidiéndose de su vida anterior, de su pasado muchas veces triste, sus robos de galletas, sus correrías, sus actuaciones, la gente que conocía y conoció, los amigos que dejó atrás por su obligación y los que se alejaron por necesidad. Y ahora era todo tan diferente. Muchas veces sentía que la necesidad le oprimía el pecho, no la dejaba respirar, le picaba la garganta por las ganas de gritar a pleno pulmón. Pero nada conseguía hacerla volver a la realidad. A todo lo que le quedaba por vivir.
Aquellas luchas hasta bien entrada la madrugada por parar de llorar, los golpes a los objetos para desahogarse, escondiéndose de todos y todas para no ser debilitada. Pero tenía la oportunidad de volver a salir, de escaparse y resurgir de lo más hondo, de las llamas del Inferno como un ave fénix. Tenía una nueva oportunidad para ser feliz.

Unos pasos fuertes, muy parecidos a los de Alistair, sonaron desde el fondo del pasillo. Era la hora de partir. Empezó a levantarse cuando el escocés entró vacilando. Aún con la mano en el pomo de la puerta no se decidía a entrar, lo cual era extraño, él siempre entraba sin dudar y sin pedir permiso.
-          No sé si asustarme por cómo entras, o si comprender que has entrado en vereda y en tu estancia aquí has aprendido modales, escocés- su mofa no surtió efecto, él seguía titubeando. Pasados unos minutos, emprendió la marcha a su actividad normal.
-          Ya es la hora… Aún cabe una maleta más, por si quieres llevar algo…- cruzó sus manos detrás de su espalda, plantando su espalda recta y erguida… Más parecido a un soldado que a su escocés. Sintió una oleada de temor y añoranza de ese hombre que tantas ganas le daban de enfadarse, que tanto la devolvía a la vida.
-          Aquí ya no me queda nada.
-          Hablas como si hubieras perdido todo, y sólo te vas un tiempo- su cuerpo se acercó al de ella, contemplando mutuamente el paisaje inglés que se extendía a través de su ventana en la torre.
-          Siento que he fallado. A ellos, a mi familia, a mí misma…
-          ¿Cómo dices eso si estabas dispuesta a casarte con un bárbaro? Habiendo pasado por una experiencia así, bien puedes sentirte orgullosa de lo que te espere en Hügyrus.
Su conversación terminó ahí. Ella no tenía nada que decir, él nada que responder. Y así emprendieron el descenso hacia las escaleras de la planta baja. Alistair mantenía su brazo pegado a la cintura de ella para seguir los rumores que se corrían. Teniendo ella un amante nadie osaría pedirle matrimonio, y siendo él el escocés, poco menos se atrevería a cruzarse en su camino y decir un improperio. Allí donde él mantenía su tacto, más calidez sentía, un dulce calor que la embargaba en una tenue insensibilidad.
Salió por la puerta, la cabeza alta, como le había enseñado su madre. Terminando de bajar los escalones, esperó para respirar hondo. Todo el pueblo la vería en ese momento.
-          ¿Estás lista?- susurró uno él a su espalda por detrás de su cuello. El otro guardia aguardaba serio en la puerta, dispuesto a abrirla llegado el momento.
-          Sí, abran la puerta- respondió serena. Recogió su capa, y colocó la capucha.
El sol entró a raudales por el oscuro pasillo, haciendo entrecerrar sus ojos. Bajaba los escalones de la salida, caminaba por el suelo de tierra con la comitiva a sus espaldas. Todos la miraban, atentos, buscando un tema nuevo de conversación durante la semana. Pero ella ya no sentía nada, siendo toda su vida objeto de acusaciones, faltas y rechazos. Una se terminaba acostumbrando. Continuaron, algunos murmullos fueron acallados, otros permanecían en extremo silencio. El cochero bajó del pescante, tendiendo una mano para ayudarla a subir. Recogió su falda blanca y negra, y agachó su cabeza para acceder al interior del vehículo. Al se sentó a su lado, cogiendo su mano con fuerza, insuflándole valor. A través de la ventana vio cómo cada joven, cada niño levantaba sus manitas para decirle adiós con la mano, añorándola desde ese preciso momento; los más atrevidos corrían hasta el carro y se las tendían. Ella las aceptó, sin evitar que se le derramaran lágrimas de orgullo por ellos, por luchar en su objetivo simple.

Fue después de alejarse, de salir de sus dominios, cuando no pudo resistirlo. Alistair lo notó y la aferró en sus brazos, sosteniendo su alma, cuidando de ella a cada segundo del viaje, atento a sus necesidades y sus emociones. ¿Sería igual de libre allí donde iba? ¿Conseguiría encontrar un momento de felicidad?


miércoles, 19 de junio de 2013

Time


Alistair agarró el cuerpo de Catherine. Lo agarró con fuerza. Una pena enorme se extendía a través de su pecho mientras ella le contaba todo lo que había pasado durante su infancia: sus problemas en las escuelas para señoritas, la forma que tuvieron de entrenarla en el manejo de armas, la exigencia a la que era sometida, la libertad que le fue arrebatada.

Le daba muchísima pena ver a esa joven, ahora en sus rodillas, escondiendo su propia cara en el cuello de su camisa, llorando e intentando respirar al mismo tiempo. Era difícil. Él lo sabía.
Es difícil estar a la altura cuando la meta es demasiado alta, es complicado avanzar si te imponen el pasado como referencia... Ella era tan consciente de sí misma, tan compasiva que resultaba muy fácil hacer que se sintiera rechazada. Era una chica solitaria que amaba los mundos de fantasía. Por eso le gustaba, para él Catherine era distinta... Sólo ella sabía maquillarse el alma con letras. Pero en ese momento, cuando exteriorizó su dolor, Alistair aún tenía cosas que descubrir.

La gente normal no saben lo difícil que es intentar vivir cuando los valores sobre los que se basan la propia existencia se cimentan en una absoluta falta de seguridad en uno mismo. Los ataques constantes a la dignidad y a la valía personal tendían a imbuirla de una desvalida sensación de fracaso... Todo gracias a los métodos de educación de sus padre, fundamentados en las críticas mordaces y el desprecio.  Cuando ella habla pocos la escuchan, así que a lo largo de su vida ha permanecido quieta. La gente le preguntaba por qué era tan tímida, y ella contestaba que no había nada que decir. Aunque en realidad tenía muchos pensamientos en su cabecita. No se los contaba a nadie, no sabía si podía confiar en alguien. Hasta el día de hoy, en que lloraba por tantos años en soledad.Pero ella se había hecho fuerte por el bien de su pueblo. Toda la escena que vivía le hizo recordar una frase que su padre solía decir: si alcanzas el silencio, escucharás los gritos de los que callan.

Catherine seguía murmurando palabras sin sentido, humedeciendo la tela de Alistair. Él notó el frío en el cuerpo de la joven y la arropó más contra su cuerpo, colocando una manta sobre sus hombros desnudos. El carruaje hacía rato que había parado en una posada para descansar del trayecto. Las camas estaban limpias, o lo suficiente como para dormir ingenuamente. Ellos compartían habitación. Pero como Catherine había comenzado a gritar en sueños, y luego se sucedió su conversación, decidió el guerrero permanecer cerca de ella, si no podía consolarla, al menos la cuidaría.

Mientras ella derramaba pequeñas perlas de cristal y riachuelos de plata por sus mejillas, él pensaba en lo distinto que era todo. A veces, la más linda sonrisa escondía los más tristes secretos, los más lindos ojos habían llorado todas las lágrimas y los corazones más amables habían sentido el mayor dolor. Quizás todo injustamente. Catherine ponía una sonrisa falsa sobre su rostro, sonreía y mentía, decía que estaba mejor que nunca, aunque su vida se estuviera cayendo a pedazos.

Ella estaba enfadada. Oscura. No se sentía segura y no sabía qué hacer con respecto a ello. Desearía poder controlar todos sus demonios, en vez de que ellos la controlaran. Está perdida. Sola.
















Ella estaba ahí, acostada. Con el paso del tiempo cambió mucho. No sólo ella, si no la gente que la rodeaba. Se distanció de sus amigos, y ella todavía no entiende qué fue lo que hizo mal. Pero aprendió, poco a poco, a estar sola. A no escuchar nunca un ‘¿cómo estás?’, a no recibir muchos abrazos, a no escuchar muchos ‘te quiero’, sola fue adaptándose a no depender de nadie. Cada vez que se acuerda de viejos tiempos, se le llenan los ojos de lágrimas. Cada vez que necesita alguien en quien confiar, no encuentra a nadie. Se la pasa sentada en el bosque, o en su habitación mirando al vacío. Sola, llora sin que nadie le diga que todo va a estar bien. Que todo tiene solución y que siempre después de una tormenta, vuelve a salir el sol.

Mientras Alistair mantenía un abrazo férreo, Catherine pensaba en su vida...

En algún momento en el camino, me perdí a mi misma. No me río tanto como solía. Creo que estoy bien, es solo que no disfruto estar bien, estar viva, estar dentro de ese círculo de inmunidad.Y disfrutaba tanto antes.
Era como una niña, emocionada con todo.Extraño eso.Y no culpo a nadie.Solo busco respuestas.Un lugar nuevo donde pueda ser yo otra vez.Y disfrutarlo... disfrutarlo de veras.Quisiera tener el coraje de irme.De irme a encontrarme a mi misma.Y traerme de vuelta...






There's only so much hurt a woman can take... All the hurt, I feel like is trying to explode out of me.

viernes, 14 de junio de 2013

Pains

El dolor adopta formas diversas: una punzada, una leve molestia... dolor sin más, el dolor con el que convivimos a diario. Pero hay dolor que no podemos ignorar, un dolor tan enorme que borra todo lo demás y hace que el mundo se desvanezca hasta que solo podemos pensar en cuanto daño hemos hecho. ¿Como enfrentarnos al dolor? Depende de nosotros. El dolor… anestesiarlo, aguantarlo, aceptarlo... ignorarlo, para algunos la mejor manera de enfrentarse a él es seguir viviendo.
El dolor, sólo hay que aguantarlo. Esperar a que se vaya por si solo y a que la herida que lo ha causado cicatrice. No hay soluciones ni respuestas sencillas, solo hay que respirar hondo y esperar a que se calme. La mayoría de las veces el dolor puede aliviarse, pero a veces llega cuando menos te lo esperas, te da un golpe bajo y no te deja levantarte. Hay que aprender a aceptar el dolor, porque lo cierto es que nunca te abandona y la vida siempre lo acrecienta.

Ella lo intentaba una y otra vez. Respiraba hondo, y suspiraba lentamente. Llenaba su mente de recuerdos felices, y cuando se acababan, volvía a pensar en algo más bello. Pero llegaba un momento en que no podía seguir adelante. Sólo deseaba permanecer en la cama, llorando, sin motivo alguno, abrazando su cuerpo, o siendo abrazada.
Pasaba que realmente no quería ver a nadie, ni siquiera a Alistair. Se sentía avergonzada, desdichada, humillada y un ser mancillado. En una sola noche dejó de ser la fuerte Catherine Newhile, para dar paso  a una deshonrada.  Todo por ser demasiado inocente. Demasiada ingenua.
Todo empezó la noche del baile. El duque con el que tenía acordado contraer matrimonio, la invitó a dar un paseo por los jardines del castillo, a solas. Ella, entrando en la boca del lobo sin darse cuenta, aceptó con una alegre sonrisa. El ambiente del interior la agobiaba.

Pasearon hasta las profundidades de la oscuridad. Llegaron a una rosaleda, y el hombre cortó una rosa roja. En vez de tendérsela, la paseó por todo su escote, mientras sus ojos destilaban libido. Las tripas de Catherine se alzaron en protesta, rogando porque terminara.
Pero fue al contrario. Él seguía tomándose libertades. Libertades que ella no fue capaz de parar por respeto al compromiso. Hasta que llegó el momento del sentido común. El Duque metió una mano en su pecho, y lo apretó con fuerza. En ese mismo momento, un grupo del baile apareció en el escenario de la tragedia. Entre ellos, Alistair Cocks. El rostro de Catherine se tornó rojo, y su acompañante no tuvo más cabeza que gritar y ocultarse detrás de ella misma.

Catherine sólo podía contemplar la furia que irradiaba el escocés. Su rostro lleno de rabia, sus puños cerrados, uno de ellos agarrando la empuñadora de su espada. Los demás acompañantes eran los soldados escoceses, que imitaban el mismo movimiento que el jefe. Las damas presentes se empezaron a reír y a cuchichear entre ellas. Una de ellas se separó del grupo para extender el rumor a todo el potencial público.
-          Para a esa mujer, McKenna.
No necesitó respuesta del soldado. Rápidamente agarró a la mujer del brazo, y la llevó hasta su carruaje.
-          Duque Harrington. De la cara en vez de ocultarse tras las faldas de su excelencia.
-          ¡Lárgate de aquí, idiota! ¡Has estropeado el momento!
Catherine intentó soltarse del abusón que seguía metiéndole mano bruscamente. Rogó con su mirada a su guardaespaldas. Y susurró con los labios “por favor”.

Pareció todo permiso que necesitaba el escocés. Con rapidez la soltó de los brazos pulposos, la puso rodeada de sus soldados, y propinó varios puñetazos a la cara del Duque. Uno… Dos… Tres... Cuatro… Cinco. Los gritos del malherido de hacían más débiles a cada rato.
Cat escondió su rostro en el pecho del soldado Cam Rohan, negándose a ver más allá de la sangre. Las damas empezaron  a gritar, y salieron corriendo cuando la pelea se movió de sitio. Varios soldados del duque acudieron a su rescate. Ya no había escapatoria. Todo el mundo estaba al tanto.
La contienda se llenó de ejércitos de cada bando. Los suyos propios habían formado un círculo a su alrededor, protegiéndola de miradas indiscretas, mientras otro tanto empezaba a luchar contra los del Duque. Cat empezó a temer por la vida de sus hombres. Hace poco habían salido de un derramamiento de sangre, como para empezar otro innecesario.
-          ¡Por favor, parad!-gritó a la multitud, rogando porque se detuvieran.
Poco a poco Harrington pudo ser separado de las garras de Alistair, quien fue reducido por cuatro hombres. Mientras, el insensato orgulloso no dejaba  de gritar.
-          ¿Por qué defendéis a esa zorra? ¿No véis lo fea que es? Al casarme con ella hago un favor al reino de olvidarse de este asunto. Nadie querría casarse con ese pato feo. Ni toda la ropa fina del mundo podría darle una figura de mujer, o el perfil si quiera. O quizás le pase eso por la reputación de tener un escocés en su lecho…

Alistair, que había intentado serenarse y alejarse de la contienda, volvió sobre sus pasos. Sólo porque un hombre haya aprendido a controlar su temperamento no significaba que no fuera capaz de perderlo cuando las circunstancias así lo demandaban. Alistair consiguió hacerse paso entre los soldados del duque, lo cogió por el cuello de la camisa y lo lanzó por el aire contra el árbol más cercano.
-          ¿Cómo osas decir esas mentiras sobre Catherine? Tú que eres un perdedor, malvada pieza del ridículo. Ni siquiera mereces estar en su presencia.
El rostro de Harrington se fue tornando en un interesante color blanco, y parecía poco dispuesto a responder, probablemente porque el golpe había cortado cualquier capacidad de respirar. De cualquier forma, la respuesta de Alistair había sido retórica.
Él volvió a coger por el cuello a Harrington, para lanzarlo nuevamente contra otro árbol, mientras sus soldados eran reducidos por los de Catherine.
-          Ella es la más hermosa- nuevo “¡bum!”- exquisita- “’¡bum!”- mujer de todo Londres.
La gente continuó llegando, pero a Alistair pareció no importarle.
-           Nunca he visto una mujer más bella, ni en Escocia, ni en Europa- “’¡bum!”- y ciertamente, no en las Islas Británicas. Incluso más importante que eso. Es increíblemente amable. Bondadosa por el tiempo que ha malgastado hablando contigo, enfermo imbécil- “¡bum, bum, bum!”.

Catherine posó su mano sobre su hombro, y él se volvió, apretando sus dientes. Lo único que se le pasaba a ella por la cabeza era detenerle de su arrebato o temrinaría por matar al duque, y si eso ocurría, Alistair podría ser acusado de asesinato, ella no podía permitirlo.. Sólo sabía una forma de desarmarlo, poniéndose ella en evidencia. Le diría lo que él menos esperaba escuchar.
-          Cariño, por favor- dijo. Y con solo esas tres palabras, la rabia desapareció de su rostro y soltó a Harrington como si fuera una pieza de basura.
El terrible guerrero que había aparecido segundos antes, se tornó en un amante preocupado.
-          Tú-dirigiéndose al duque por última vez- Si alguna vez vuelves a utilizar alguna palabra en contra de mi mujer, aunque sea un cumplido, no te volveré a lanzarte contra un árbol. Al contrario, te lanzaré a través de una ventana, y no precisamente desde una segunda planta.
Alistair no esperó por una respuesta, ¿qué loco iba a contestarle? Sin embargo, cogió a Catherine en brazos, empujando la cabeza de ella hacia su cuello, para protegerla de las miradas. Cuando se volvieron, comprobaron que el jardín estaba lleno de gente interesada.
-          Mi duquesa- empezó Alistair, sus ojos analizando la multitud con el aire de un hombre que ha manejado las olas del mar- no está en condiciones de aguantar a nadie más en este momento. Por favor, desalojen el castillo inmediatamente.

Volvió su mirada a Cat. Sus ojos estaban pintados en un exótico tono violeta.  Unos labios carnosos y rojos, una gran amabilidad, la divertida curva de su labio, la avispada inteligencia con la que le sorprendía cada día. Eso era belleza.
Sin ninguna otra palabra, caminaron a lo largo de todas las escaleras, hacia sus aposentos, mientras la multitud se abría ante ellos como el Mar Rojo. Alistair vio aprobación en varios rostros, pero curiosidad malsana en otros. Dos manos empezaron a aplaudir, y luego más, y finalmente llegaron a la habitación, ajenos a los gritos y aplausos de la sociedad falsa.

A salvo en su cuarto, Cat fue capaz de abochornarse por los cotilleos de los que estaba siendo objeto. No quería ver a nadie, ya se sentía suficientemente aplastada como para soportar la compasión de alguien más.
Pero siempre tenían que romperse sus planes. Alistair entró sin llamar en los aposentos. Caminó hasta su lecho, y movió sus sábanas. Puso un paño mojado en los brazos de ella, donde los moratones del duque iban desapareciendo. Un atisbo de rabia volvió a sus ojos. Pero seguía siendo el escocés atento de anoche.

-          Quiero que vengas conmigo.
-          ¿Es tan malo lo que dicen de mí ahí afuera como para que insistas en llevarme lejos?- susurró ella contra el hombro del soldado, mientras él masajeaba su espalda.
-          Sí, no te mentiré.
-          ¿Qué es lo que dicen?
El dudó en empezar.
-          Dicen que los escoceses debemos ser buenos en la cama  para que hayas accedido a rebajarte de esa forma- Catherine gimió para sus adentros-. También han dicho que nadie te dará su apoyo económico para seguir con los arreglos en tus posesiones, porque rehúsan mantener contacto con mi grupo.
-          No me lo creo…
-          Por eso quiero que vengas a mis tierras. Allí estarás alejada de todo esto.
-          Quizás sea lo mejor…- susurró ella, aún más dolida.
-          Catherine, ¿puedo preguntarte algo?
-          Es la primera vez que  me pides permiso para hacerlo.
-          ¿Por qué me dijiste cariño? De todo lo que podrías haber dicho o hecho, elegiste ponerte en evidencia como mi amante- ella permaneció callada, no sabía qué decir. ¿Cómo le confesaba los sentimientos que empezaban a despertarse en su interior y que tanto se negaban a dar paso a la realidad? ¿Cómo le diría lo que sentía si él mismo era un hombre sin compromisos, un soldado que iba de aquí para allá, alguien sin poder que pudiera mantenerla?
-          Porque… Era la única forma que veía de poder acabar con todo.
-          ¿Con todo?

-          No quiero en el fondo casarme, no aún. Y me queda mucho por ver, antes que estar esclavizada.